CRÓNICA DE NUESTRA PARTICIPACIÓN EN EL ULTRA TOUR DEL MONTE ROSA

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CRÓNICA DE NUESTRA PARTICIPACIÓN EN EL ULTRA TOUR DEL MONTE ROSA

Grächen, Suiza. 6 a 8 de septiembre de 2018

            “Fácilmente”. Matías el Humilde.

            “Bien bello, harto bonito”. Popular chileno.

Antes de ir a la Ultra Tour de Monte Rosa alguno ya estaba reclamando que escribiera sobre la carrera. Acabo de llegar a casa, y algunos más pidiendo crónica. Muchas gracias a todos mis fans y seguidores, lamento haber tardado unos días en escribirla, pero tengo más cosas que hacer y la carrera dio para mucho. Además una carrera así hay que contarla con detalle, e intentar escribir algo acorde con el nivel de la carrera y con las expectativas generadas. Bueno, al lío.

Lizzy Hawker es una deportista inglesa que ganó cinco ediciones de la UTMB entre 2005 y 2012, además de multitud de carreras tanto en asfalto como por montaña. Siendo inglesa, se enganchó a los Alpes cuando los visitó siendo niña, y desde hace años vive en Suiza; ya apenas participa en carreras y se dedica a la montaña –alguna carrerita para no olvidarse, expediciones en solitario…-.

Lizzy Hawker y Pruden

Lizzy Hawker y Pruden

Como os podéis imaginar, viviendo allí Lizzy ha recorrido en innumerables ocasiones la zona del Monte Rosa y hace unos años creó, junto a Richard Ball, esta prueba que según sus propias palabras, es la carrera que siempre quiso correr, audaz, bonita y brutal. Yo no lo sabía, pero también es la carrera que siempre quise correr.

En definitiva, que hay tres modalidades: 100 kilómetros, 170 por etapas y 170 seguidos. Como tenemos mucha ansia y somos muy brutitos para algunas cosas, en diciembre Gutiérrez  (Guti, el Maestro Shifu) y yo pedimos que nos admitieran para la más larga, claro. Nuestras solicitudes fueron admitidas y empezamos con los trámites de búsqueda de vuelos, alojamiento y demás logística.

La prueba discurre por Suiza e Italia y consiste en un recorrido circular de unos 170 kilómetros y 11.300 m D+ alrededor del macizo del Monte Rosa, desde un pequeño pueblo llamado Grächen (Suiza), y con bases de vida en Zermatt, Gressoney la Trinité, Alagna y Macugnaga, con inicio el jueves 6 de septiembre a las 4:00, y un tope de 60 horas, terminando el sábado 8 a las 4:00 de la tarde.

Tras un vuelo tranquilo y previa escala en Chamonix para dar una vueltita, el lunes día 3 toda la familia y mi madre como fichaje estrella, llegamos a Grächen, donde nos esperaban Guti y Bonnie,  y nos dirigimos al chalet Eigenheim, situado a un kilómetro del centro del pueblo, en la zona car-free, de modo que está prohibido acceder en coche y hay que arrastrar las maletas o llamar al electrotaxi. El chalet es de un holandés y está bien para pasar unos días, no para más, porque las escaleras para acceder a los dormitorios son muy inclinadas y los dormitorios de abajo son muy pequeños. Curiosamente, el apartamento vecino resultaría estar alquilado por los otros argentinos de la carrera, Diego y Sebas, y sus mujeres.

LIZZY MORNING RUN

LIZZY MORNING RUN

El martes 4 acudimos a primera hora al entrenamiento alrededor de Grächen que organizaron Lizzy y compañía (a ver en qué carrera puedes entrenar dos días con una pentacampeona de la UTMB, que además invita a café y croissants); por cierto, que lo que habíamos entendido como un easy morning run, resultó ser un Lizzy morning run, nada de easy. Eso sí, ambiente cosmopolita en  el entrenamiento, reflejo de lo que sería la carrera: gente de todo el mundo, muchos orientales, nadie blandito y muchos bien alpinos, de esta gente que los ves y dices: “correr, correrá poco, pero a ver quién lo para”.

Después del calentón entrenando visitamos Zermatt, la capital suiza del alpinismo mundial, a la que únicamente se accede mediante un tren cremallera, muy próxima al Matterhorn (el Cervino, la montaña del Toblerone), muy bonita, muy comercial y muy, muy cara (34 € el menú del día; como os podéis imaginar íbamos avisados y tiramos de bocadillo). Al día siguiente cogimos un teleférico cercano a Grächen para subir a Hannigalp, comimos y más tarde pasamos el control de mochilas –previa compra de un pantalón impermeable que no me salió muy bueno-, recogimos el dorsal, el GPS tracker, y para casa, a organizar la mochila, las bolsas para las bases de vida, y a descansar un rato. Poco rato, vista la evolución del asunto.

A título de curiosidad, al entregarnos el GPS tracker nos hacían una foto a cada uno, y piensas ¿será por si me despeño y tienen que buscarme?. No, no, quita, quita, que era para adornar la página al hacer el seguimiento on line de cada corredor. En cuanto al control de materiales, fue ágil y muy exhaustivo, revisando incluso que las costuras de los pantalones y chaquetas impermeables estuvieran selladas, y que el silbato funcionase. Pero vaya, para nada, porque que te llevabas la mochila, y podías dejar la mitad de los trastos en casa.

Nuestro objetivo de carrera era muy sencillo: intentar acabarla los dos juntos, y dadas nuestras condiciones físicas y la dificultad que supone, viviendo en una llanura, entrenar para una carrera de este tipo, nuestra estrategia de carrera también lo era: comer y beber bien, e ir al paso justo para pasar los cortes sin grandes agobios, sin malgastar un paso ni una pizca de esfuerzo.

Así, el jueves nos levantamos a las 02:30, desayunamos algo y el Maestro y yo fuimos hacia la salida, con Bonnie acompañándonos y ayudándonos a cargar las bolsas para las bases de vida.

Dejamos las bolsas, pasamos un ratito con Bonnie y Arancha, mi madre y los niños, que aparecieron por sorpresa, saludamos a Súper Mario Ramos, Diego y Sebas, escuchamos la actuación de un grupo tocando trompas alpinas, dan la salida, y al ataque, que tenemos 10 horas para hacer los 37 km que nos separan de Zermatt.

PREVIO SALIDA

PREVIO SALIDA

Salimos casi los últimos entre los algo menos de 200 participantes, y aunque por este terreno fácil y ondulado fuimos fuertes y adelantando a algunos otros participantes, sin perder un paso, veíamos que no adelantábamos a  casi nadie. Ah, a causa de un desprendimiento no se subía un casi kilómetro vertical desde la salida, sino que se marchaba por el fondo del valle, y ese desnivel se subía desde Randa

Ese ritmo era una locura, y cuando amaneciendo llegamos a Randa (PK 14) y hablamos con nuestro vecino Diego en un punto extra de agua servido por la propia Lizzy, encontramos que íbamos a 6.5 km/h y éramos casi la cola de una carrera calculada para que los últimos acabasen a 3 km/h, de modo que verás tú los reventones.

ANTES DE RANDA

ANTES DE RANDA

Salimos de Randa para afrontar una subida que nos llevaría al puente Charles Kaunen, el puente colgante más largo del mundo: casi 500 metros de longitud, 85 metros hasta el suelo y piso de rejilla.

https://www.abc.es/viajar/noticias/abci-nuevo-puente-colgante-peatonal-mas-largo-mundo-201707311736_noticia.html

Esa subida se me atragantó, y menos gracia me hizo cuando después de alcanzar el puente tuvimos que seguir subiendo hasta el refugio Europahütte, antes de bajar de nuevo hasta el puente y, esta vez sí, cruzarlo.

EL PUENTE

EL PUENTE

El puente es espectacular, y acongoja un poquito, aunque no es para tanto si no hace viento –supongo que con viento fuerte lo cerrarán- y hay poca gente. Si hay gente próxima, se nota que se mueve con los pasos de los demás, y sobre todo no hay que mirar para abajo –el piso es de rejilla, no nos olvidemos-. Nosotros lo cruzamos provocando el uno al otro para que mirase para abajo y cantando; ¿qué cantábamos?. Efectivamente, Bamboleo, de Julio Iglesias. Verídico.

EL PUENTE

EL PUENTE

Bueno, pues acabamos de cruzar el puente y continuamos trotando y andando por el sendero Europa, el Europaweg, llegamos al avituallamiento de Täschalp, controlando bien nuestro horario, y coincidiendo allí con Hubert, un austriaco que no daba crédito a que un español y un argentino de Argentina que le hablaba en alemán, hubieran ido a esta carrera. Este tramo nos resultó muy agradable, con algunas cuestas ocasionales, tramos de túnel y mucho bosque, llegando a Zermatt (1624 m) a las 12:31, una hora por detrás del horario previsto, pero con hora y media sobre el corte.

En Zermatt resultó haber una voluntaria que entendió perfectamente mis preguntas en alemán y se preocupó por nosotros, lo que demuestra que también hablo alemán; que ella lleve 11 años viviendo en España, no tiene nada que ver, por supuesto. En fin, comimos, avituallamos bien, nos cambiamos de ropa, cogí los crampones y poco antes del mediodía atravesamos el pueblo y salimos en dirección al avituallamiento del Gandeghütte (2929 m), que debía estar a unos 10 km.

ANTES DE ZERMATT

ANTES DE ZERMATT

En otras carreras de este tipo, hay un kilómetro vertical después de cada pueblo, pero esta es un poquito más a lo bruto, y digamos que es un kilómetro y pico vertical, y como no empiezas a subir justamente después del avituallamiento, sino que sales del pueblo y tal, resulta que de un KV en 10 km, pasas a 1.6 KV en 8 kilómetros, y la dureza no es la misma. De ninguna manera.

Bueno, pues empezamos a subir, pasamos junto a un restaurante donde los comensales se hartaron de aplaudirnos, en otros puntos los senderistas nos gritaban lo mismo que a los esquiadores de fondo: ¡hop, hop, hop!, y formamos un grupito con una australiana y dos italianos, adelantándonos unos a otros, hasta que Gutiérrez empezó con los problemas estomacales, que le hicieron polvo poco antes de llegar al refugio, sin que el omeprazol y la alimentación natural le aliviasen gran cosa. Allí ya estaba lloviznando y nos advirtieron de que nos abrigásemos hasta que bajásemos de la montaña, porque ahora venía el tramo con el techo de la carrera, el Paso Teodulo, a unos 3300 m de altitud: https://en.wikipedia.org/wiki/Theodul_Pass, de modo que me puse la Montane, la chaqueta y demás, y listo.

THEODUL PASS

THEODUL PASS

Con anterioridad al propio paso, cruzamos dos o tres kilómetros sobre un glaciar cubiertos de nieve para la que me habían recomendado llevar crampones, pero realmente no hicieron falta y ni siquiera los saqué de la mochila, más aún porque la trazada había sido afirmada y no había riesgo de resbalones ni caídas. Lo que sí había, era porquería que hemos ido dejando allí en los últimos 100 años.

Terminamos de cruzar el paso, y entramos en Italia, yendo hasta el refugio del lago Cime Bianche, donde echamos un ratito comiendo, y después hasta el Rifugio Ferraro, donde llegamos a las 22:52, un par de horas por debajo del corte. Estos refugios patinan un poco en mi memoria, diría que había alguno más, y no recuerdo el Rifugio Ferraro, pero bueno, debía ser uno de ellos.

En fin, que después del Rifugio Ferraro subimos otros 700 metros, de los que no recuerdo gran cosa, eran muchas subidas, la verdad, pero sí recuerdo la bajada hasta Gressoney como muy dura, con unos escalones que me traían a mal traer, de estos escalones más altos de la cuenta que te van pasando factura, sobre todo si te descuidas con las sales o el magnesio. Además hubo otros tramos con muchas veredas que no estaban muy bien señalizadas, de modo que no sabíamos muy bien por cuál tirar, y estaba hasta el moño, harto, aburrido, superado, hasta que empecé a sentirme cerca de Gressoney y me vine arriba.

ENTRE ZERMATT Y GRESSONEY

ENTRE ZERMATT Y GRESSONEY

Finalmente llegamos a Gressoney (PK 79.8, 1828 m) a las 03:16, con 2h44 sobre el corte, cuando en mis intenciones más optimistas contaba con salir sobre la 1:00, pero bueno, el estómago de Gutiérrez impuso sus condiciones, el terreno las suyas… lo que hay, vaya.

Pues eso, llegamos al avituallamiento, comimos algo y descansamos media hora en los colchones que habían habilitado; mi problema fue que no me atrajo la comida que había y comí algo, pero no lo suficiente.

En Gressoney se callejeaba un kilómetro o por ahí, y después se subía de un tirón hasta el Passo del Salati (PK 88.7, 2922 m); el primer tramo lo hice como un león: atrapamos a un estadounidense, Greg Trapp, y lo llevábamos con la correa. En un momento que paré a esperar a Guti, el americano me adelantó y me dijo que era una climbing beast, y a partir de ahí pegué un petardazo descomunal, pero un pajarón enorme, como el águila culebrera que veo muchas tardes.

Bueno, pues eso, que amaneció, se me agotó el combustible por no haber comido lo suficiente y me atranqué; además empezaron a adelantarnos los de la carrera de 100 kilómetros en 4 etapas, en su segundo día, y me vine abajo: no podía, no podía con mi alma, atrancado, parándome, comiendo algo para intentar llegar, y diciéndole a Guti que continuara porque no podía. Menos mal que no me hizo caso y me hizo el aguante, pero cuando conseguí llegar, lo hice con un calentón importante sobre las 8:20. Me inflé de cocacola, sopa, barritas, todo lo que pude, y salimos para abajo, pero vamos, que no salimos porque a los 30 metros dudé si me había dejado los guantes, y en vez de parar, quitarme la mochila, abrirla y tal, volví al avituallamiento, y al poco Guti tuvo que volver a por un soft-flask; como me había visto en tan malas condiciones, me mandó para abajo, para no perder tiempo.

En este tramo, pancita llena corazón contento, calorcito mañanero, cambió notablemente el cuento e hice una buena bajada, trotando bastante y con agilidad insospechada para llevar cerca de 100 kilómetros, de modo que tardó en alcanzarme y llegamos a Alagna en menos de tres horas. De todos modos, el tiempo que ganamos en los tramos, lo perdimos en los avituallamientos (o lo descansamos, mejor), y empleamos unos 40’ en comer, aligerar y cambiarnos en Alagna.

Para colmo, el siguiente tramo que nos llevaría hasta Macugnaga tenía 20 kilómetros, con calor, un subidón demoledor de más de 1.500 metros y su correspondiente bajada, y no me fiaba de que hubiera fuentes por el camino, de modo que paramos en el primer arroyo para rellenar el tercer soft-flask. Mientras tanto el Maestro se quedó al borde del camino, y aprovechó la parada para quedarse dormido sentado en una piedra. En definitiva, que paramos tontamente porque un par de kilómetros más adelante estaba el Rifugio Pastore con una fuente magnífica y allí podríamos haber llenado sin perder tiempo.

Esta subida resultó ser hasta el Colle del Turlo y resultó estar empedrada, entendiendo como empedrada un camino en el que entre 1925 y 1931 el 4º Regimiento Alpino colocó las piedras suficientes como para permitir el paso de las mulas tirando de piezas de artillería ligera. Vaya trabajera que se dieron las criaturas, por cierto.

Bueno, pues subimos a buen ritmo, pero claro, también pensamos en bajar trotando aprovechando que estaba empedrado, y no, para nosotros no era posible, bajamos andando por aquellas revueltas y en un momento dado me quedé atrás para atender una necesidad fisiológica, con el encargo expreso de arrancar pronto para atrapar a Gutiérrez, que se estaba durmiendo. Y sí, paré, arranqué pronto, paré al poco para mirar la tablita de los horarios y las distancias, y cuando levanté la vista, allí no había nadie. Conclusión: también yo me estaba quedando dormido.

Y mira que apreté para intentar alcanzarle, y le ví en algún tramo del final de la bajada, pero no hubo forma, estaba un poco confuso por la falta de sueño y cuando llegué a Quarazza, que era el km. 120 (oficial, los reales fueron algunos más), ya había salido hacía unos 5’. Decidí apretar un poco  y empecé a trotar más de la cuenta para no perder de vista a Michele, un italiano que iba entre nosotros y que era una buena liebre, y así evitaría confusiones y pérdidas. En ese tramo debió ser cuando se me reventaron algunas ampollas que ya venían castigándome.

Ea, pues justo cuando anochecía llegué a Staffa, una de las poblaciones que componen Macugnaga, y allí estaba el Maestro cenando su pasta; cené algo, me fui a dormir una media hora, y sí que dormí, comí algo más, me colocaron un kinesiotape en las ampollas (ya podían haberme puesto un compeed, o habérmelo puesto yo, pero ellos no lo pusieron y yo sólo quería salir), otro golpe de café, y a por el Paso del Monte Moro, 1500 metros de ascensión hasta la frontera entre Italia y Suiza.

Salvo el inicio cuando tuvimos que parar a quitarnos las chaquetas, hicimos una buena subida al Paso del Monte Moro, que estaba muy bien atendido, un avituallamiento potente donde nos dieron las cartas de apoyo que nos habían enviado familiares y amigos. Realmente, deberíamos haber hecho lo que hizo Michele: no dormir en Macugnaga sino en este otro puesto. Lo haremos en otra edición.

Había pensado en 4 horas para la subida, y 5 para los 17 de bajada hasta Saas Fee, con idea de llegar a las 7 de la mañana. Lo mismo que la subida nos pareció dura pero no nos dio más problemas, la bajada fue otro cantar, bajamos despacio, había algún tramo con hielo, apenas un par de metros en los que resbalé y para no caer de espaldas me dí de boca contra el hielo, y en un momento determinado nos despistamos y tuvimos que desandar el camino hasta encontrar una baliza. El problema de ese tramo fue que empecé a ver cositas digamos raras: gatos, pájaros, sapos, arañas… y allí no había nada… empecé a dudar si iba con Pedro Maqueda o José Luis Gutiérrez, conversaciones tontas… vamos, que estaba semi dormido, andando consciente y por mi vereda, pero con las limitaciones propias de la falta de sueño. No os digo más que en un momento dado me adelanté porque el Maestro paró a no se qué, y me quedé mirando un cono de señalización, como dormidito, vaya.

En definitiva, que Saas Fee era oficialmente el kilómetro 149 (157 real), y cuando nos faltaba un ratillo yo estaba convencido de haber estado allí antes, un déjà vu terrible, había estado allí, y allí y allí, y echando pestes porque no nos merecíamos quedarnos fuera, y tenía pinta de que iba a ser así.

Afortunadamente el vivo y el zombie llegamos amaneciendo, con 35’ de adelanto (luego bajamos del Paso de Monte Moro en menos de 5 horas, a pesar de todo); allí estaban Clara –la alemana hispanoparlante de Zermatt- y otros voluntarios muy amables, y me fui derecho a un colchón para dormir LO QUE ME HUBIERAN DEJADO.

Como íbamos tan justos, sólo pude echarme media hora, que dormí profundamente, y cuando me despertó Clara pedí otros 10’, pero tenían que cerrar y además se oyó a Gutiérrez gritar desde la otra punta de la carpa: ¡NI EN PEDO!. Con esta presión no tuve más remedio que levantarme, comí algo, me enchufé un par de cafés, recogimos todos los ánimos y buenos deseos de los voluntarios, y arrancamos de nuevo para los 21 kilómetros finales, 17 de subida y llaneo, y 4 de bajada fácil. Si llegué hecho un trapo, cuando salí estaba emocionado, despierto y poseído por el espíritu del General en la TDS de 2011: bastoneo fuerte, paso firme, cara de mala leche y voluntad y convencimiento absoluto de llegar.

Vamos a ver, salimos en torno a las 8:15, son 21 kilómetros, nos quedaba subir 1000 metros y bajar 700 hasta Hannigalp, y bajar otros 600 hasta Grächen; habíamos tenido momentos mejores, pero sin duda teníamos que ser capaces de hacer esto.

Llegar hasta Hannigalp se nos hizo largo, sobre todo por el tramo de la pedrera que tuvimos que atravesar, en el que estuve muy tenso, por el calor y porque Hannigalp parecía no llegar nunca: detrás de cada curva siempre había otra –y en muchos tramos a la derecha había un terraplén- de modo que resultaba muy pesado.

Finalmente llegamos al avituallamiento y desde allí era muy fácil, menos de 4 kilómetros de franca bajada. Cómo iría de los pies que decía el Maestro que ni siquiera hablaba o contaba chistes, y ciertamente los llevaba castigados, pero creo que menos que en Grenoble, o al menos parece que volverán antes a la normalidad.

EN META

EN META

Como os digo, bajamos con facilidad, y entramos en meta en 59h26’, con 34’ sobre el corte, creo que puestos 89 y 90, para 178 kilómetros; la llegada estuvo muy emotiva, con las familias, mi madre para chocarnos, Clara, Diego, Sebas y sus mujeres, Lizzy emocionadísima, un montón de voluntarios, público, el speaker desatado… aplaudiendo y animando, muy bien, muy bien. Nos dieron la medalla, una navaja suiza edición Monte Rosa, y una bufanda nepalí de oración, que Lizzy es muy de Nepal. Todo muy bien, muy emocionante.

CON LIZZY EN META

CON LIZZY EN META

Apenas estuvimos en meta porque queríamos ir a casa, ducharnos, comer y sestear algo –y además, detrás de nosotros llegó un corredor, y la siguiente llegó dos horas después-, y a media tarde teníamos otro sarao.

 LOS DE LA BUFANDA ROJA Y CLARA

LOS DE LA BUFANDA ROJA Y CLARA

El sarao era la cena y ceremonia de entrega de premios, muy divertida, con el speaker intentando la misión imposible de hacer hablar en público a Lizzy y Richard Ball, premios para un montón de categorías de las tres carreras y buen rollo entre corredores, voluntarios, organización y tal. ¿Qué faltaba mengano para recoger su premio?, pues subía un voluntario a recoger su lote de productos típicos, y en ese plan. Ah, por etapas ganó Sebastien Chaigneau, y en la larga Mathieu Girrard, de Martigny, en algo menos de 33 horas, y el segundo y tercero entraron juntos. La pena fue que no había categoría de gordos, que entonces sí que habría subido al podio. A lo más alto del podio.

EL ELECTROTRAXI

EL ELECTROTRAXI

Y esto fue casi todo, al día siguiente dimos alguna vueltita más por el pueblo, y llamé al electrotaxi para que fuese a por las maletas, pero no entendía lo que me decía aquel señor, llamémosle Helmut, por ejemplo. Yo le hablaba, y Helmut me hablaba, pero no nos entendíamos; es más, yo no sabía en qué idioma hablaba, así que le pasé el teléfono a Gutiérrez, que habla inglés mejor que yo, y algo de alemán, pero sin duda Helmut había estudiado otra variante del alemán, y nada, un problema hasta que tirando un poquito de cuatro palabras de italiano y un par de ellas de alemán, aquello pareció cuadrar.

Sin embargo, al ratillo, como 3 horas antes de la cita, allí vimos aparecer a Helmut, y pensamos que no se había enterado, pero sí, simplemente iba a echar un vistazo y cerciorarse de haberlo entendido bien; le costaba un trabajo adicional, pero el tío paliaba así su desconocimiento de los idiomas. Eso sí, sabía decir perfectamente y sin acento dos palabras en castellano: vino y cerveza.

El electrotaxi tenía su punto: una especie de camionetilla eléctrica, poco confort pero mucha efectividad, radio consistente en un transistor encajado en una pieza de madera, Helmut hablando su alemán del mismísimo corazón de Alemania, pero bien, bien.

Y nada más, cargamos las maletas, hicimos las cuentas, cenamos y al día siguiente nos dimos otro madrugón, llegamos al aeropuerto después de tres horas de carretera con tráfico muy nervioso, entregamos el Insignia en Europcar (vaya detallazo se marcaron al darnos un Insignia familiar en vez de un Skoda Yeti, a iniciativa suya y sin incremento de coste), y a por el vuelo de vuelta, con el piloto a full gas y unas turbulencias muy divertidas.

Para los frikis:

¿Qué ropa llevaste?. No voy a ser exhaustivo, pero llevé la camiseta de la coraza, pantalón corto Inov-8, mallas largas, camisetas de manga larga, mochila de 10 litros y zapatillas Raidlight, sobrepantalón impermeable Mac, camisetas térmicas Gsport, chaqueta Montane para un tramo frío, calcetines Hoko, guantes Black Diamond, gorra de Pretorianos -y para la noche la gorra Ansilta-, y gorro y chaqueta impermeable Uglow, perfecta.

¿Y qué comiste?. Lo que había en los avituallamientos y, entre lo que llevaba, muchas pasas, almendras y nueces, y las barras energéticas de Arancha. Tomé algún gel, media barra proteica, algunas pastillas de sales, algunos viales de magnesio y un par de cápsulas de aminoácidos, además de un omeprazol antes de salir. Nada de antiinflamatorios ni analgésicos, y menos suplementos de lo previsto.

¿Rozaduras?. Bueno, pues la espalda acabó bien, porque la mochila no se movió mucho y porque hidraté bien la espalda los días anteriores a la carrera. Con los pies hice lo mismo, pero tanto tiempo, los pies algo mojados, tantas pisadas irregulares… se formaron ampollas  en los dos pies y he perdido la uña de un quinto dedo, pero ya era hora de que perdiera alguna uña, después de 17 años corriendo. Además, no me puse los compeed cuando debía haberlo hecho, así que pocas quejas. A aprender.

¿Contento con la carrera?. Creo que hemos hecho una muy buena gestión de carrera, con la excepción de la gestión del sueño, que ha sido mejorable. Llevé demasiado material, y sobre todo llevé unos kilos de más, pero sucede que está muy rico todo.

Saldo de la carrera: Muy positivo, es un pedazo de carrera, muy dura, muy exigente y muy bonita, merecedora de crecer mucho. Paisajísticamente es una preciosidad de carrera, y los voluntarios y la organización se dieron un trabajo enorme, dispuestos a ayudar en todo lo posible; había voluntarios que eran familiares de los corredores, gente de los pueblos que dejaban un avituallamiento en la puerta de sus casas… muy bien organizada.

¿Mejor carrera que UTMB?. Es una carrera distinta, nada multitudinaria y más montañera, quizá un tercio más lenta que la UTMB, con mucha piedra y poca pista. ¿Cuál te gusta más?. No lo sé, las dos tienen su encanto, son similares pero muy distintas.

¿Cara?. Cara es una media corriendo por las calles sin que veas nada nuevo ni que te impresione. Esta carrera, por ese recorrido, con la organización pendiente de los corredores dos días y medio, que les busca alojamiento, medios de transporte, les organiza entrenamientos, y se preocupa por los corredores, no lo es. Y si se buscan los vuelos y alojamiento con tiempo, y no se come ni bebe en la calle, no es caro ir. Caro es ir en agosto a una playa atestada, o tomarse una copa a 5 €.

Agradecimientos: Pues os los podéis imaginar, el Maestro, sin cuya ayuda y apoyo no habría acabado la prueba, familia, Mamá que todavía está renegando, Bonnie, organización, Clara, voluntarios, compañeros del club y amigos argentinos con sus cientos de mensajes, fisio… muchísimas gracias a todos.

En fin, que espero no haberos aburrido mucho; ha salido larga la crónica, pero también a mí me costó un rato concluir la carrera, y otro escribirla, y ya sabéis que en cierta medida la escribo para que resulte útil cara a futuras ediciones.

¡Hala, a correr por los cabezos!

HASTA EN TIME

HASTA EN TIME

2018-09-25T18:23:03+00:00septiembre 25th, 2018|Categories: 2018, Blog, Crónicas|0 Comments

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