[UTMB] LA CRONICA DE UN SUEÑO por SANTI MARTIN [2011]

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Rescatamos la crónica de Santi Martin de la UTMB 2011:


Esta es la crónica que siempre quise escribir. La crónica de un sueño realizado, de un reto que rondaba mi mente desde hace un par de años, cuando escuché por primera vez hablar de esta mítica prueba, la carrera de montaña más famosa del mundo. Detrás de esta crónica hay meses y meses de duros entrenos, horas y horas de soledad, madrugones los fines de semana, sacrificios en la vida personal, tiempo robado a los familiares y amigos, dinero invertido en múltiples compras de material, una meticulosa preparación… pero también hay buenísimos momentos haciendo lo que me gusta compartidos con mis queridos compañeros de club, gratificantes ratos en la montaña, y sobre todo, mucha, muchísima ilusión por enfrentarme a esta impresionante aventura. Hoy, unos días después de haber conseguido finalizar el Ultra Trail del Mont Blanc, la verdad es que estoy todavía un poco abrumado por la magnitud de la prueba, pero sobre todo, por la mezcla de sensaciones, sentimientos, momentos vividos y gratitud hacia mucha gente que se agolpa en mi cabeza. Espero ahora ser capaz de plasmar todo ello sobre el papel de manera más o menos ordenada. Sincera y modestamente os diré que me siento como un tío normal que ha conseguido algo extraordinario.

Quiero empezar por una de las cosas que considero más fundamentales para haber culminado con éxito la prueba, y es mostrar mi agradecimiento a todos los que me han apoyado y han estado pendiente de mí antes, durante y después de la prueba. Para mí ha sido realmente emocionante y me ha ayudado a seguir adelantes saber cuánta gente ha estado detrás, dándome sus ánimos, tanto sobre el terreno en Los Alpes como siguiendo la carrera día y noche a miles de kilómetros de distancia sentadas delante de un ordenador. Quisiera mencionar en primer lugar a mi querida Rocío y a mis padres, que han sido pilares fundamentales del éxito. Tengo clarísimo que sin su asistencia en diversos puntos de la carrera, sin su calor y su cariño, no hubiera podido terminar. Gracias Rocío por aguantarme tantos meses hablando y hablando de la carrera, dándole vueltas y vueltas al material, a las compras y a la planificación, hasta el punto de resultar cansino, y por ayudarme a calmar los nervios y por saber soportarme en esas noches sin pegar ojo de los días previos.





Quiero dedicar mi logro de corazón a tres compañeros, tres amigos, tres hermanos pretorianos de armas que también han jugado un importante papel en esta locura. El primero de ellos es Chema, gran corredor y mejor persona, con quien compartí la primera noche de carrera, y que desgraciadamente tuvo que retirarse por culpa de una desafortunada lesión. Chema ya sabes que me has ayudado un montón en la preparación de la prueba. Como te dije emocionado al llegar a la línea de meta, mi sueño hubiera sido más completo si hubiera podido atravesarla en tu compañía. Te eché mucho de menos el resto de la carrera, todo habría sido más fácil de haber podido compartir contigo lo que quedaba y sobre todo esa durísima segunda noche en soledad. Hiciste lo correcto retirándote, estoy seguro de que conseguirás lo que te propongas. En segundo lugar Manolo Ortega, quien comparte con nosotros el sueño de finalizar algún día el UTMB. Tras sufrir el palo del pasado año de la suspensión de la UTMB por mala meteorología, este año por cuestiones laborales no ha podido venir a Los Alpes, donde le hemos echado en falta. Se me ponen los pelos de punta cuando me recuerdas ese sueño que un día tuvo Isidro en el que vio que tú serías el primer pretoriano en acabar el UTMB; cuando yo te pedí tu coraza para ponérmela si conseguía acabar me dijiste que el del sueño de Isidro era yo entrando en meta con ella. No sé quien sería el del sueño, pero lo que es seguro es que para mí fue un orgullo poder dedicarte ese pequeño homenaje en meta, y espero que algún día puedas vivir tú también ese momento. Por último, quiero dedicar la carrera a nuestro querido presi, José Luis, el gran Cayo, como todos sabemos uno de los grandes artífices de que nuestro club haya llegado a ser el grandísimo grupo humano que tenemos la suerte de tener. Tienes mi admiración por el gran valor que demostraste en tu carrera, la TDS, cuando aún con el tobillo lesionado seguiste adelante durante decenas de kilómetros antes de no poder superar uno de los exigentes cortes ya en el km. 90, cumpliendo con el credo pretoriano, “jamás un pretoriano se retirara de una carrera hasta caer reventado”. Y no se me quita de la cabeza, no se me olvidara jamás, ese momento crítico de la segunda noche de la UTMB, en el avituallamiento de La Fouly, en el km. 110, donde gracias a mi familia pero como bien sabes sobre todo gracias a ti y tu experiencia, pude salir vivo y continuar después de haber llegado totalmente extenuado y prácticamente decidido a abandonar. Tienes mucha culpa de que haya conseguido acabar y te estaré siempre agradecido por eso.


Quiero felicitar a Pedro y Pruden, compañeros pretorianos que vinieron a Chamonix y alcanzaron la victoria finalizando su durísima prueba, la TDS, así como a nuestro amigo Jose Mª Rivero, por hacer lo propio en la CCC. Gloria y honor para ellos. Esperamos sus crónicas, a ver si os animáis a escribir algo… Agradecer a la familia de Pedro: Pili, Pedrito y Belén, por el gran esfuerzo que han hecho por estar pendientes de todos nosotros mientras participábamos y por ir informando puntualmente a los compañeros en Sevilla. Mi reconocimiento también para Benito y Diego Bonilla, quien por problemas físicos tuvo que abandonar la UTMB tras 70 kms, para no comprometer su participación en otro gran reto que tiene ahora por delante… gracias por tu consejos y compañía en esas horas de nieve, cumbres y antecumbres por el col de la Seigne. Nuestra amiga Bea luchó como una auténtica gladiadora hasta que los malditos controles le hicieron hincar la rodilla en Champex-Lac, ya en el km. 124.


El dibujo que nos ha regalado Antonio Acebal para la ocasión, muchísimas gracias Antonio

Por último, pero no por ello menos importante, quería agradecer muy sinceramente a todos los compañeros y amigos que han estado pendientes desde miles de kilómetros de distancia, desde lugares tan dispares como Sevilla, Londres, Punta Umbría, Cork o Lora de Estepa. Ha sido increíble la cantidad de mensajes y llamadas que he recibido tanto de día como de noche durante la carrera, aunque no pudiera devolverlos por estar demasiado ocupado en arrastrarme cuesta arriba por algún puerto monstruoso, por no despeñarme, o por no quedar eliminado por los exigentes controles de paso. Me he emocionado cuando he vuelto a casa y he visto centenares de mensajes en el facebook siguiendo la aventura; a pesar del cansancio y las agujetas, ayer no pude dormir hasta las tantas cuando terminé de leer todos los mensajes después de varias horas. Muchas gracias por estar ahí, os sentí muy cerca en la fría noche alpina, y sé que algunos de vosotros apenas dormisteis para continuar el seguimiento; ¡espectacular! En este punto me gustaría agradecer de manera especial a Abencio, Plum, Oswald y Javi, por mantener el Facebook y el blog pretoriano echando humo durante más de tres días ininterrumpidamente. También quiero mencionar a mis amigos Iñaki, Berta, Dani Calle, Alberto, Tomás, Tío Juanito, Bala, Óscar, Lucas, Tere, y Nacho, entre otros, por estar al pie del cañón preocupándose por su loco doctor Martín, sobre todo en esa segunda noche donde tanta compañía me hizo falta. Gracias por trasnochar conmigo en la distancia y ponerme esos temas que aunque no podía escuchar de alguna manera llegaron a mis oídos.


Bueno, creo que aquí acaba el capítulo de agradecimientos de esta crónica. Proseguiré con la crónica de la carrera propiamente dicha. La verdad es que creo que tengo vivencias para rellenar folios y folios, pero no sé si aburriros con una retahíla de nombres de montañas, valles y pueblos, o hacer un compendio de sensaciones… En cualquier caso, todo ello será en el próximo capítulo… Gracias por leerme.




El UTMB, Ultra Trail del Mont Blanc, es sin duda el ultra-trail más famoso del mundo y uno de los más duros. Como dicen los de la organización, es el ultratrail que todo corredor de montaña debería intentar realizar una vez en su vida. Justo tras finalizar pensaba exactamente eso, que era una experiencia única e irrepetible… para no repetir nunca más… Aunque quien sabe, el dolor es pasajero, pero la gloria eterna… y a medida que pasan los días se van olvidando los malos momentos y el sufrimiento y sólo van quedando la satisfacción y el orgullo de haber finalizado este increíble reto.

Como a veces las imágenes valen más que mil palabras, una vez más, el vídeo oficial del UTMB 2011… quiero que me quede una entrada completita.

Al UTMB le llaman la carrera de todos los superlativos. Y es cierto que tiene unas cifras que asustan… darle la vuelta al macizo del Mont Blanc, la montaña más alta de Europa, en menos de dos días, con sus respectivas noches. 2300 participantes de más de 70 países enfrentándose a un recorrido de nada más y nada menos que 166 kms de recorrido, tres países atravesados, y un desnivel positivo acumulado de 9500 metros.



Vídeo del recorrido (sin música)
Aqui tenéis otro vídeo del recorrido aún más detallado: http://youtu.be/5tpTH_tEUKo

Ahora, visto con perspectiva, puedo decir que efectivamente, al menos para mí, ha sido la carrera de los superlativos, pero desde muchos puntos de vista. Superlativa por el estupendo ambiente de los días previos en Chamonix, por esos miles de participantes rebosantes de ilusión llegados desde más de 70 países, y por la incesante entrega del público que aparecía de día o de noche hasta en los rincones más insospechados de los caminos. Superlativa por la magnitud de la organización y sobre todo por la entrega y la amabilidad de esos magníficos voluntarios durante toda la carrera. Superlativa por la, para mí, inimaginable dureza del recorrido, por el descomunal esfuerzo físico y sufrimiento que supone completarlo para el grueso del pelotón, para esa inmensa mayoría de corredores anónimos como yo cuya gran ilusión es sobrevivir a los exigentes controles horarios y terminar la carrera, para todos aquellos que hubiéramos firmado antes de empezar llegar el último a Chamonix antes de las 46 horas, pero llegar, porque eso significaría que habríamos cumplido el sueño. Superlativamente tremenda este año en especial por las adversas condiciones meteorológicas, con frío (al parecer hasta -10ºC en la segunda noche en Grand Col Ferret), lluvia y nieve, y por la exigencia añadida de unos cambios de recorrido que añadieron más kilómetros y desnivel (ya he leído a más de un participante cuyo reloj dice haber hecho más de 180 kms y subido más de 10.000 mts… uuuuufff) y por el endurecimiento de las barreras horarias iniciales. Pero superlativa sobre todo por el esfuerzo mental que implica mantener al cuerpo en marcha durante más de 40 horas seguidas con dos noches en vela de por medio, sin dar tregua al sufrimiento, sin dejar que la mente se rinda a un cuerpo extenuado. Superlativa por la increíble belleza de los paisajes atravesados, que quitaban el aliento. Y superlativa por lo emocional, por la cantidad de altibajos en el estado de ánimo, de momentos eufóricos de disfrutar con la carrera y el paisaje, y de pensar que se podía conseguir, seguidos de otros durísimos donde estuve al borde del abandono. Superlativa para mí por haber sentido muy cerca el calor y el enorme apoyo de familiares, amigos y compañeros pretorianos tanto in situ como el que llegaba desde miles de kilómetros en forma de innumerables mensajes, llamadas, y un seguimiento en el facebook que se prolongó casi ininterrumpidamente de forma paralela a mi carrera. Y superlativa, sobre todo, por la indescriptible emoción y los inolvidables sentimientos vividos en esa entrada a Chamonix tras 41 horas y 57 minutos de lucha, rodeado de amigos y familiares.


Detalles del recorrido por GPS, por cortesía de Chusta, otro finisher del UTMB del foro del Atleta (http://pontelaszapasyacorrer.blogspot.com/)

Pero volvamos un poco más atrás… a unos minutos antes de las 23:30 de la noche del viernes 26 de Agosto, en la Plaza de la Amistad del centro de Chamonix. Más de 2300 corredores se apiñan intentando cobijarse como pueden bajo sus chubasqueros de una lluvia que no ha cesado durante las últimas horas y que ha obligado a la organización, a mi entender acertadamente, a retrasar la salida 5 horas desde el horario inicial previsto. Pero estas horas de espera se hacen interminables, y el desconcierto se hace patente durante la tarde mientras la noticia del retraso corre de boca en boca entre los participantes, llenando el cielo y los relojes de miradas nerviosas y los corazones de temor a que se repita el fiasco del año pasado. Finalmente parece que se sale sí o sí, llueva o truene. Tras las últimas fotos de rigor, tomo posiciones en la salida junto a mi compañero pretoriano Chema, y nuestra amiga catalana Bea, mientras nuestro amigo malagueño Diego Bonilla, finisher del UTMB hace dos años, se sitúa un poco más adelante. Para mí estos últimos momentos previos a la salida son de recogimiento y concentración ante un gran momento que ha llegado después de meses y meses de espera. Nervio y ansia… la lluvia sigue cayendo mientras suena la ya mítica Conquista del Paraíso de Vangelis, y se me ponen los pelos de punta con la emoción del momento. Parece que flota en el aire una gran tensión a la que contribuyo junto a otros muchos que se agolpan a mi alrededor. Es la tensión de la incertidumbre que nos atenaza a muchos, invadiéndonos con serias dudas de si seremos capaces de terminar un reto de tamaña magnitud y dureza, en mi caso el mayor con creces de mi vida deportiva. ¿Habré entrenado lo suficiente? Pues… por supuesto que no. En mi modesto nivel no hay entreno suficiente posible para prepararse una prueba así… y menos en Sevilla con su ausencia de montañas y con un verano achicharrante de por medio. ¿Qué si estoy motivado? Ahí, diría yo como los otros 2299 corredores, ahí no me gana nadie…


Salida pasada por agua…
Aquí tenéis este vídeo de cómo todo un campeón, Kilian Jornet, afronta la preparación de un Ultra Trail como el UTMB. Me gustan especialmente las últimas palabras del final del vídeo sobre sus sentimientos al acabar una carrera, y cómo los compara con los del finisher anónimo.

He aquí los reportajes deportivos en castellano de la prueba ofrecidos por Eurosport. Se centran sobre todo en la competición pero es bonito como destacan también el esfuerzo de los atletas anónimos por terminar más de 20 horas después de hacerlo los primeros. Lo que ha hecho Kilian me parece totalmente admirable, 20 horas y media… inconcebible, cualquiera que haga el recorrido se quedas sin palabras ante esta marca… felicitaciones igualmente a Iker Karrera por su increíble debut en la carrera…así como a Roberto Heras que luchó como un jabato hasta que se vio obligado a abandonar por problemas físicos. Hubiera sido increíble un pleno español en el podio… Sin embargo, ganan dos españoles la carrera de montaña más importante del mundo y en los medios de comunicación públicos (TVE) le dedican a la carrera no más de 30 segundos (carrera de campo a través extremo, le llamaron, vaya mierda de traducción de ultra trail…)y ni siquiera se dignan a decir sus nombres…., verdaderamente lamentable,… asco de país donde deporte que no sea fútbol no importa una mierda.

VÍDEO 1ª PARTE


VÍDEO 2ª PARTE

Chema, Bea y Santi, cayendo la del pulpo antes de la salida…


Por fin dan la salida…recorremos las calles de Chamonix entre un auténtico río de gente que anima de manera espectacular. Resuenan los “allez” y mucha gente agita los tradicionales cencerros, cuyo sonido es uno de los símbolos del ánimo del público a los participantes durante la carrera. Pronto salimos del pueblo y entramos en un camino que entre bosques nos lleva al primer avituallamiento en Les Houches en el km. 8. El principio es una marea de gente y hay que ir muy atento para evitar peligrosos choques y tropezones. Me sorprende que la gente va bastante rápido en este tramo, corriendo casi todo el tiempo, para intentar ganar algo del tiempo que tan precioso resultaría más tarde. Cuesta mantener localizados a mis compañeros por la escasa visibilidad que me proporciona la capucha y la homogénea apariencia del personal oculto bajo sus chubasqueros. Como estaba planeado, desde el principio Chema y yo formamos un dúo pretoriano que habría de mantenerse unido durante muchas horas. Empezamos a subir a Delévret, primera cota del recorrido con algo menos de 1800 mts. La lluvia sigue azotando de manera inclemente, y a medida que ascendemos va arreciando mientras cae la temperatura. A pesar de los chuzos que están cayendo, hay grupos de gente animando a tope con sus cencerros al borde del camino, incluso algunos con pelucas incluidas. Subimos a buen ritmo pero entre que salí con calzonas y que el enclenque poncho que llevo no me cubre los brazos noto cómo estos y mis manos sin guantes se van calando y enfriándose cada vez más. Cerca del punto más alto (km. 14) me da la sensación de que está cayendo aguanieve; empiezo a tener unas sensaciones de frío realmente preocupantes… y me asusto bastante…pienso, joder, no llevamos nada y ya voy así… muy chungo. Menos mal que al correr en la bajada recupero un poco de calor, aunque sigo empapado… me cago en… y la chaqueta técnica de los 200 pavos y los guantes impermeables en la mochila… todo por no pararme. La bajada es bastante peligrosa y resbaladiza por el barro y la hierba mojada, y Chema se hace daño en la rodilla cuando un corredor español se nos cae justo delante y le obliga a hacer un movimiento raro con la misma para evitar caerse también. A la postre, lamentablemente, este incidente le obligaría a abandonar; cualquier pequeña molestia, con el paso de los kilómetros y las horas, se puede terminar volviendo insoportable y puede obligar al abandono. La suerte de no tener ningún percance también es una parte importante de la carrera.

Llegamos al primer avituallamiento grande, St. Gervais (km. 21). Aquí me encuentro por primera vez con mis padres y Rocío. Observo lo bien provisto que están los puestos, todo muy bien organizado en bebidas, frutas, salados y dulces, con muchas y variadas viandas para ser una carrera, e intento comer bastante, como suelo hacer siempre en los ultras. No nos entretenemos mucho y decidimos no cambiarnos hasta llegar a Les Contamines (km. 31), donde está el primer control horario. Pensamos que podremos avanzar deprisa porque el perfil, aunque en ascenso, no parece muy desfavorable, pero pronto nos damos cuenta de que en esta carrera no existen virtualmente los llanos, o todo es cuesta arriba o es cuesta abajo. Pronto nos encontramos en estrechos y oscuros senderos del ancho de una persona, y nos vemos montados en los larguísimos “trenecitos” del pelotón, donde caminas o a lo más trotas cochineramente durante kilómetros y kilómetros, mientras lo único que alumbra tu frontal es el culo del de adelante y donde apenas puedes adelantar o ser adelantado.

Llegamos a Les Contamines con tres cuartos de hora de margen sobre el corte, comemos y nos cambiamos con ayuda de Rocío y mis padres; ¡qué gusto ponerse ropa seca y caliente!. Ya con la chaqueta, las mallas largas, los guantes y el gorro esto parece otra cosa. No así para 111 corredores que abandonaron en este punto. Por fin ha dejado de llover, y mientras nosotros iniciamos el largo ascenso hacia el primer coloso, el Col du Bonhomme, mis padres y Rocío vuelven a Chamonix y no se acostarían hasta cerca de las 7 de la mañana. Su apoyo y asistencia fue fundamental y no me canso de decir lo agradecido que estoy porque sin ellos tengo la certeza de que no hubiera conseguido acabar.

Chema y yo seguimos juntos a buen ritmo, la verdad es que la parte final de la noche se hace muy llevadera y me acuerdo muy vivamente de ir hablando muy animadamente con él rodeados por decenas de participantes inmersos en el más absoluto silencio. Es algo que ya me había advertido Chema de su experiencia anterior en la CCC y que me chocó bastante: los corredores apenas hablan y van totalmente concentrados… es algo difícil de entender para un corredor del sur, acostumbrado al cachondeo y a los chistes sobre todo al inicio de las carreras. Pasamos por el camping de Notre Dame de la Gorge (km. 35) y empieza una fuerte subida por una calzada romana; aquí es donde otros años se ponen con antorchas a flanquear el ascenso de los corredores, este año por el retraso son más de las seis de la mañana, y obviamente no hay antorchas ni público. Llegamos al refugio de La Balme (km. 39) con ánimo y hambre, manteniendo más o menos nuestros 45 minutillos sobre el corte y nos calentamos en una gran hoguera montañera… el ambiente es bastante bueno. Además ya está amaneciendo, y con los ánimos que siempre trae la luz observamos la grandiosidad del paisaje y al imponente Col de Bonhomme con nieve recién caída esa misma noche.



Calentándonos y secándonos un poco en la hoguera del refugio de La Balme

Aunque en un principio pareció que se iba a despejar, mientras afrontamos el tramo final desde La Balme, realmente duro, empiezan a entrar negras nubes, y se deja notar un penetrante frío al ir ganando altura… para cuando llegamos a lo alto del Col, empiezan a caer copos de nieve dejando unas estampas realmente espectaculares, y arreciando más tarde la nevada al paso por el refugio de la Croix du Bonhomme, a 2445 m (km. 45). Aquí me doy cuenta de la importancia del equipamiento, especialmente de la chaqueta técnica, y agradezco el no haber escatimado demasiado en inversión y peso de la mochila: unos kilos de más de equipamiento pueden salvarte de pasarlo muy mal frente a condiciones complicadas. Justo a nuestro paso por estos lugares andaba el helicóptero que grabó estas espectaculares imágenes de la carrera en ese punto…

Algunas imágenes de la subida a la Croix y al refugio de Bonhomme…








Iniciamos el fuerte descenso hacia Les Chapieux que está en el km. 50. La bajada es muy pronunciada y resbaladiza, y observo un montón de culazos de otros participantes. Por mi parte voy bajando con precaución y confiando en mis dos bastones más que en mis dos piernas para frenarme y asegurarme. Me adelanto un poco sobre Chema y nos reunimos en el avituallamiento de Les Chapieux. Aquí hay que hacer otra comida contundente para recargar fuerzas. Mi estómago agradece enormemente las sopas de fideos calientes que templan el cuerpo, y me meto varios cuencos en el cuerpo del tirón. Chema llega con problemas, dice que le está molestando la rodilla y que va a pedir asistencia, un poco asustado por la posibilidad de que le puedan descalificar por ello (hay a gente que le ha pasado por poca cosa, así de dura y exigente es la carrera).

Bajada a Les Chapieux


Salgo con Diego Bonilla que ha llegado antes que nosotros y también ha estado recibiendo asistencia por una tendinitis en un pie. Seguimos manteniendo menos de una hora de margen sobre el corte y no nos podemos despistar. Intentamos aflojar el ritmo para esperar a Chema pero no llega… no hay cobertura telefónica…son momentos díficiles, es una verdadera putada no poder seguir con Chema… pero finalmente decidimos seguir adelante obligados por la exigencia de los controles horarios. Intento distraerme de la preocupación hablando con Diego y tras unos pocos kilómetros por asfalto hasta La Ville des Glaciers emprendemos la siguiente subida al Col de la Seigne. Una vez más, como en todas las subidas de la carrera, impresiona ver allá arriba a los que van delante tuya y saber que tú también tienes que llegar hasta allí. La subida se hace dura y tenemos que parar varias veces a tomar aliento… Diego comparte generosamente conmigo un red bull, que me sienta de lujo… Me dice que bajará despacio por su problema con el pie, así que cada uno toma su ritmo. Pronto nos vemos de nuevo inmersos en una por momentos copiosa nevada.


Vídeo de la subida al Col de la Seigne grabado por otro participante español






Fotos del final de la subida al Col de la Seigne
Ahí se refugiaban del frío los jueces del control de la Seigne…

El collado de la Seigne (km. 60, 2515 m) marca la frontera con Italia y las vistas son impresionantes, con los glaciares y los picos que quedan al norte en el macizo del Mont Blanc enmarcando una postal increíble… un auténtico paraíso para los amantes de la montaña de belleza difícilmente descriptible. Además parece que por fin vamos a tener algo de sol en nuestro periplo… se observan claros hacia el sur y algunos rayos solares se abren paso entre las nubes mientras aún nos caen copos de nieves desde la Seigne, creando un efecto mágico. Me encuentro fuerte y corro bien en el descenso, consiguiendo llegar al avituallamiento de Lac Combal (km. 65) con aproximadamente una hora y media sobre el corte. Allí espero un poco a Diego Bonilla pero viendo que no aparece debo continuar, esperando que se reagrupe por detrás con Chema. Lac Combal es un gran lago hoy prácticamente colmatado en cuyo interior se ha formado una enorme turbera; está flanqueado por una monstruosa morrena cuyo glaciar debió tener una magnitud portentosa pero que hoy ha quedado muy disminuido al igual que el resto de glaciares del macizo, una pena. Todavía recuerdo perfectamente la impresión que me causó el espectacular glaciar de Bossons cuando visité Chamonix por primera vez con 18 años recién cumplidos; en las fotos de entonces y de ahora es perfectamente perceptible el retroceso en estos años, creo que de al menos 200 metros.

Bajada sobre Lac Combal, abajo, el avituallamiento

Vistas desde Lac Combal


Desde Col de la Seigne iba a tener que hacer el resto de la carrera en solitario, más de 110 kms y con la segunda noche de por medio… muy muy duro mentalmente, sobre todos para corredores sociales como somos los pretorianos… Había que plantearse objetivos poco a poco y estaba claro que el próximo era Courmayeur, a 20 kms. Este bonito pueblo italiano del valle de Aosta se sitúa prácticamente en el ecuador de la carrera, en el km. 78, y es uno de los puntos clave para reponer fuerzas. Allí esperaba de nuevo mi familia junto a un gran avituallamiento y una bolsa con ropa de recambio y material que previamente se envió desde Chamonix. Pero después de Lac Combal todavía hay que subir a Mont-Favre, con su estrecho sendero entre praderas de montaña y sus vistas sobre el valle de la Visaille, con el majestuoso Mont Blanc invisible entre las nubes enganchadas en las cumbres. Hace frío pero vuelvo a sudar como un condenado en la subida, y terminaría pasando mucho calor en la bajada a Col Checruit. Allí, junto a unas casas de madera y unos remontes de esquí, hay un montón de corredores comiendo en el avituallamiento y sentados en unas mesas donde dan ganas de tirarse horas disfrutando por fin del calor de los rayos de sol y de las vistas. Allá abajo ya se divisa Courmayeur. Como algo y sigo bajando corriendo todavía bastante decentemente por un zigzagueante sendero entre bosques de alerces y abetos donde hay que tener mucho cuidado con las raíces. Es al pisarlas cuando me doy cuenta de que estoy empezando a tener ampollas…

Uno de los corredores de cabeza por Areté de Mont-Favre

Más fotos de la subida a Mont-Favre



Chema y Bea en Mont-Favre

Entre ánimos del público, llegó por fin al avituallamiento de Courmayeur. El día es radiante, hace sol y calor, parece mentira que hace un rato nos estuviese nevando. El buen tramo que he hecho desde la Seigne me reporta una hora y tres cuartos de respiro en este corte. De todas maneras, una de las cosas que más me ha sorprendido de la carrera es la exigencia de las barreras horarias. Yo me creía que iba a llevar margen de sobra, pero a pesar de ir dándolo todo para llevar un buen ritmo, me di cuenta de que quitando unos pocos cientos de corredores de alto nivel (sólo 47 finishers en menos de 30 horas, y sólo 450 en menos de 40 horas), la gran mayoría de participantes debe pelearse contra el reloj si no quiere quedar fuera. Durante la carrera, miras un montón de veces el reloj (curiosamente siempre la hora, nunca el tiempo de carrera, al contrario que en muchas otras pruebas…), y haces miles de cálculos mentales: cuánto tiempo tienes para llegar al siguiente control, cuántos kilómetros te quedan, qué ritmo deberías llevar… se piensa poco en la meta, y mucho en salvar tu cuello de la guillotina de la siguiente barrera horaria.

Courmayeur…

En Courmayeur, ayudado como siempre por la familia, me cambié nuevamente de ropa y me curé las ampollas. También después de tantas horas me quité las lentillas y me puse las gafas, esto después me iba a traer algunos problemas como ya contaré. Comí todo lo que pude, un plato de pasta pero sobre todo un bocadillo de jamón serrano llevado a propósito desde España para la ocasión y que me supo a gloria bendita. También me hubiera tomado un par de esos botellines bien fríos que tan bien sientan durante los ultras, como mandan las buenas tradiciones pretorianas, pero los Poletti no parecía que estuviesen por la labor. El avituallamiento estaba en un pabellón deportivo enorme, y allí había un montón de corredores, algunos de ellos ya con evidentes signos de cansancio, durmiendo sobre las mesas, muy cansados, o dentro de una carpa oscura con colchonetas. 234 valientes dijeron que hasta aquí habían llegado. Tras una hora más o menos salgo de Courmayeur a eso de las 16:30 del sábado, más o menos repuesto, y me dispongo a afrontar la segunda mitad la carrera… Voy cansado pero animado, todavía queda mucho toro por torear… nadie dijo que ser pretoriano fuese fácil… y menos en el UTMB…¡llena ahí!…

Han pasado más de diecisiete horas desde que comenzó la aventura en la lluviosa noche de Chamonix… ahora sin embargo hace un día soleado, y paso calor mientras voy saliendo de Courmayeur entre los aplausos de un público que ha cambiado los “allez” por los “vai”, pero que sigue animando calurosamente. Aprovecho que por fin tengo cobertura para intentar contactar con Chema… lo consigo, pero las noticias no son nada buenas: Chema está llegando al avituallamiento de Courmayeur pero el dolor de su rodilla ha empeorado considerablemente en la bajada y ya apenas tiene tiempo sobre el corte… no hay mucho más que decir… tan sólo puedo darle ánimos y mandarle un fuerte abrazo. La noticia me deja apesadumbrado, e intento hacerme a la idea de tener que hacer el resto de la carrera en solitario, y sobre todo de tener que afrontar esa temida segunda noche en soledad. Mientras tanto, Diego Bonilla ha debido abandonar antes en Lac Combal por los problemas de su pie, y Bea, haciendo gala de una valentía admirable, sale de Courmayeur al mismo tiempo que la losa del corte horario cae sobre los que aún están allí.


Un poquito de buena música para amenizar la lectura de la crónica…

Intento animarme llamando a mi compañero pretoriano Manolo Ortega; le digo que esto es durísimo, que ojalá estuviera aquí acompañándome en esta increíble aventura, que no sé lo que pasara pero que voy a darlo todo para intentar acabar… La conversación me lleva a pensar en que aún me queda la mitad, pero después de diecisiete horas parece que mi mente sufre un cortocircuito intentando asimilar esto (sin saberlo, aún me quedaba más de la mitad de la carrera, y unas interminables 25 horas…uuufff). Así que intento centrar mis pensamientos simplemente en avanzar lo máximo posible antes de que caiga la noche, y en llegar al próximo punto de corte, Arnuva, en el km. 95.


Courmayeur, al fondo, el collado de Col Checruit, desde donde veníamos

Saliendo del avituallamiento de Courmayeur

Observo la chuleta plastificada con el recorrido que cuelga de mi mochila y veo que el próximo diente de sierra que tenemos que afrontar es la subida al refugio Bertone… casi 800 metros de desnivel en poco más de 3 kms. Y efectivamente, la subida resulta ser una auténtica pared, al menos para mis piernas. Voy ascendiendo a un ritmo bastante penoso por un pedregoso sendero a través de un bosque por cuyos claros avisto Courmayeur, allá en el valle, cada vez más abajo. Joder, qué dureza… llego arriba, un poco asfixiado, y el amigo Bertone resulta ser, una vez más, un refugio de montaña idílico, entre praderas y junto al límite superior del bosque, donde hay unas mesas de madera que invitan a sentarse al sol de la tarde a disfrutar de las maravillosas vistas durante mucho más tiempo del que me puedo permitir. Tomo la enésima sopa de fideos y una taza de té, estiro un poco mis acogotadas piernas, y prosigo mi marcha mientras intercambio comentarios con algún compañero de fatigas español del que ya no recuerdo el nombre.


Abajo en el valle se ve una enorme infraestructura que supongo debe ser la entrada al túnel del Mont Blanc. Este larguísimo túnel, de 11 kms, une Italia y Francia y permite evitar rodeos de centenares de kilómetros por carreteras de montañas so pago de un elevadísimo peaje, con el aderezo de interminables atascos de dos horas como el que mi familia tuvo que soportar para poder estar conmigo y asistirme en Courmayeur. Mientras, el camino enfila hacia el este y nos interna en una de las laderas que flanquean el impresionante val Ferret. A pesar del cansacio, este tramo me deja huella, pues aquí disfruto enormemente con uno de los paisajes de montaña más espectaculares que he visto en mi vida. La cara sur del macizo del Monte Blanco rivaliza en belleza con la “North Face” que se puede ver desde Chamonix; múltiples glaciares caen por la ladera de enfrente (literalmente, pues varias veces escuché grandes trozos de hielo desplomarse) desde cumbres de cuatro mil metros. La grandiosidad de la imagen te sobrecoge, y en esos momentos sólo puedes pensar en como te gustaría que tu gente pudiera estar allí contigo disfrutándolo.


El perfil hasta el refugio Bonatti va manteniendo la altura por la ladera del Val Ferret, y da un respiro para disfrutar de una de las partes en mi opinión sin duda más bonitas del UTMB. La tarde va cayendo, y el limpio aire vespertino va refrescándose rápidamente con un vientecillo que pronto nos obliga a muchos a pararnos al borde del camino a ponernos de nuevo las chaquetas, gorros, guantes y buffs, para no guardarlos ya en toda la fría noche. Cumplo con mi ritual de comida caliente y estiramientos en Bonatti y sigo hacia Arnuva, en la cabecera del Val Ferret, montándome en un trenecito de corredores. La temida segunda noche ya está aquí, y enciendo el frontal poco antes de entrar en el avituallamiento de Arnuva.


Mientras repongo fuerzas en Arnuva, en el km. 95, un extraterrestre llamado Kilian Jornet acaba de completar el recorrido en 20 horas y media, revalidando su reinado en el UTMB por tercer año consecutivo. A muchos mortales aún nos quedaban más del doble de horas de sufrimiento…


Llegada a Chamonix de los tres primeros clasificados
En Arnuva leo el mensaje de la organización diciendo que no subiremos a Bovine pero que nuestros amables amigos los Poletti nos ofrecen en compensación un agradable recorrido turístico aún más duro por Suiza hasta Martigny, para sumar más kilómetros y desnivel positivo de lo previsto inicialmente. No sé por qué, pero la noticia me sienta como un mazazo y me da un bajón moral bastante gordo. Veo cómo mucha gente abandona (205 compañeros cayeron aquí), y de repente me siento terriblemente cansado y con frío… Tengo que salir de aquí cuanto antes… tomo un café rápidamente, me engancho a un grupo de participantes y por primera vez recurro a la música de mis cascos para intentar animarme. Hay que pasar a Suiza pero para hacerlo tenemos que medir nuestras fuerzas con el bicharraco que vigila su frontera, el Grand Col Ferret, cumbre del UTMB con sus 2537 metros. Por delante, hasta La Fouly, me espera uno de los tramos más difíciles de mi carrera.


Subida a Gran Col Ferret

Cortesía de Monrasin (http://monrasin.blogspot.com/)
Levanto la vista, y veo una fila de luciérnagas describiendo “zetas” mientras ascienden en la oscuridad, arriba, allá arriba, muy arriba…Dios… Voy subiendo muy, muy despacio… recibo un par de llamadas de dos amigos (Dani y Fran) y les digo que estoy pasando un mal momento, que no sé qué cojones hago aquí. Me animan a tope y les digo que si tengo que caer lo haré con las botas puestas. Pero tras colgar, de nuevo en la soledad de la noche, no es tan fácil ser valiente. El camino se empina cada vez más, el trenecito descarrila y cada uno libra su propia batalla como puede; paso momentos de verdadero atasco, y debo parar cada pocos metros para recostarme hacia delante sobre los bastones y tomar aliento… la subida se hace interminable…prefiero no mirar hacia arriba, joder, esto no acaba nunca o qué… Para mejorar las cosas, nos internamos en una espesa niebla y sopla un gélido viento. Al fin, la pendiente se reduce, veo un resplandor amarillento que surge entre la niebla y de repente aparecen unos voluntarios con unos gruesos plumíferos junto a esas añoradas tiendas amarillas que la organización sitúa en lo alto de los collados. Hemos conquistado el Grand Col Ferret, pero a qué precio… debo llevar más mala cara que los pollos del Pryca… y encima todavía no ha pasado lo peor…

La bajada hacia La Fouly empieza chunga porque la niebla es muy espesa, los rayos del frontal se dispersan y con el calor que desprendo se me empañan las gafas una y otra vez; resultado: no veo un carajo. Me asusto un poco porque a pesar de que voy andando muy despacio, mi visibilidad es casi nula y apenas avisto las balizas; joder, por aquí debe haber unos precipicios del copón… así que al primer corredor que pasa le pido por favor que me espere para irme detrás suya porque no veo nada. Resulta ser un alemán cuyo inglés apenas puedo entender… pero el tío me ayuda un buen rato hasta que al ir perdiendo altura al fin la niebla se disipa; hablamos pero entre que voy detrás de él, su acento y el viento, no escucho casi nada, aún así digo a todo que sí. Me dice que ha visto a muchos españoles participando y que la carrera es una burrada… joder, qué me vas a contar. De repente, en medio de la oscuridad, aparece un tío tumbado al borde del camino, rendido de cansancio y sueño y enroscado sobre sí mismo… pienso en lo peligroso que puede ser quedarse dormido así, tan cansado, todavía a mucha altura, lejos de un avituallamiento y con dios sabe qué gélida temperatura. A medida que vamos descendiendo esta escena se repite varias veces, y muchas más que lo iba a hacer a lo largo de esa noche. Me enrolo en una fila de unos pocos participantes que avanza a un ritmo patético a pesar de que vamos bajando; no puedo ni quiero correr o adelantar, y parece que los demás piensan de manera parecida. Los que vamos alcanzando o van llegando a nuestra altura se unen a la comitiva y al final nos juntamos creo que más de 20 tíos y parecemos la Santa Compaña. El tramo desde Col Ferret a La Fouly, de 11 kms, se me hace increíblemente interminable… (encima yo pensaba que eran 8 kms, y esto no hizo más que alargar la agonía), tardo dos horas y media que no acaban nunca, y encima noto frío en el pecho y empiezo a toser de muy malas maneras… Por fin acaba la bajada y llegamos a un pueblo pero no es La Fouly, sino Ferret, mierdaaaaaa, todavía quedan 4 kilómetros, maldigo en voz alta pero no parece haber ningún español por los alrededores con quien compartir mi cabreo, por favor que lleguemos ya. Hay que volver a subir, es una mierda de subida pero es desesperante, volvemos a bajar, hay unas raíces donde tropiezo y resbalo, suenan gritos y cencerros y un zombie con el dorsal 1690 entra en el pueblo de La Fouly tras 110 kms a la 1 y 20 de la madrugada.

La Fouly. Nunca se me olvidará el nombre de este pueblo suizo del Val Ferret. Supongo que muchos participantes del UTMB vivieron su particular momento de épica. El mío, sin duda, tuvo lugar aquí. Fue mi momento más crítico de la carrera y estuve al borde mismo del abandono. Llegué totalmente extenuado, nunca había sentido mi cuerpo tan al límite. Al parecer no fui el único que llegó jodido, no en vano fue el lugar donde más abandonos se produjeron; nada más y nada menos que 278 héroes (creo que todos los que consiguieron llegar hasta aquí se merecen con creces ese apelativo) hincaron la rodilla aquí. Más tarde me enteré por Chema de que a nuestra incansable Bea la cortaron aquí por 4 malditos minutos. Lo mismo le pasó al ilustre Paco Contreras, un señor malagueño de más de 70 años, muy conocido en las carreras de ultrafondo en el sur de España, cuya ilusión y afán de superación parecen no atender a razones de edad. A mí me salvaron de abandonar mis padres, Rocío, y el Presidente del Club Ultrafondo Pretorianos de Tomares, D. José Luis Martín, alias Cayo Crastino. Fue un alivio llegar y verles allí esperándome, después de haber tenido que meterse una hora y media de coche desde Chamonix por estrechas, oscuras y peligrosas carreteras de montaña.



José Luis y mi familia intentando devolverme a la vida en La Fouly…
La imagen con la que me encuentro en el avituallamiento es tremenda, aquello es un auténtico hospital de campaña: gente durmiendo por todos los rincones, por el suelo, en los bancos, sobre las mesas… y otros sentados con aspecto desorientado y miradas perdidas. Mi estado cuando llego al avituallamiento es lamentable, estoy reventado y desanimado. Me siento con mi gente y apenas puedo levantarme para ir a comer, tampoco puedo cambiarme de ropa por mí mismo, tengo una enorme pájara. Rocío me cambia de ropa a duras penas y me embadurna las doloridas piernas de réflex y voltarén. Mientras, José Luis me trae comida caliente e intento calentarme junto a una estufa. Me invade un sueño irresistible… me echo en un banco sobre las piernas de Rocío mientras me tapan con sus abrigos. En ese momento, el UTMB me ha vencido, no quiero sufrir más, esto es un infierno… Necesito cerrar los ojos y que mi mente desconecte de todo. Fueron los momentos más difíciles de toda la carrera; en esos escasos cinco minutos que permanezco con los ojos cerrados no llego a dormirme, y en mi mente se agolpan pensamientos contradictorios… Dios, me quedan 60 kilómetros, eso son más de 12 horas de carrera… imposible, no puedo, estoy agotado, voy a dejarlo… sí, me retiro… esto es una locura y no voy a poder estar entre los elegidos que consiguen finalizarla, pero no doy para más… Mientras, José Luis susurra en mi oído, tío, vas bien, has llegado con dos horas sobre el corte, esto es todo psicológico, no tienes ningún problema físico serio, es sólo cansancio, tienes que dominar el cuerpo con tu mente. Recuerdo estar con los ojos cerrados y decir en voz alta… José Luis, qué de dudas… Pero pienso también en cuánto tiempo llevo queriendo enfrentarme a este reto, todo lo que he hecho para poder estar aquí, cuántos entrenos, sacrificios, tiempo robado a los seres queridos, el increíble apoyo recibido durante la carrera de familiares y amigos, y sobre todo, cuánta ilusión puesta…Cayo tiene razón, no estoy lesionado, es sólo cansancio y sueño… es un TODO O NADA… pero esto no se puede acabar así…De repente, sin saber por qué, como si me hubiera dado una descarga eléctrica enorme, abro los ojos y me levanto de un salto, gritando “ME VOY”, “vamos coño!!”… me fundo en un abrazo con mi hermano pretoriano y le digo que voy a luchar con todo… fue un momento inolvidable y aún se me ponen los pelos de punta al recordarlo…


El punto de inflexión ha sido radical, me lanzo de nuevo al campo de batalla, salgo totalmente enchufado de La Fouly, el subidón de moral con la épica del momento es increíble, me pongo los cascos con la banda sonora de Gladiator a todo trapo… lo que hacemos en esta vida tiene su eco en la eternidad… y me pongo a correr como un poseso. No me lo puedo creer, hace un momento estaba totalmente derrotado y a punto de retirarme y ahora estoy convencido de que puedo conseguirlo… es impresionante cómo pueden cambiar las cosas de un momento a otro. Aprovecho el perfil favorable en bajada suave y corro todo lo que puedo hasta Praz de Fort, adelantando a un montón de participantes y haciendo 8 kms en poco más de una hora. Bajamos junto a un río encajonado que nos deja unos considerables barrancos a la derecha del camino. Lo único las putas gafas, que se me siguen empañando con el vaho que desprendo y me tengo que parar cada dos por tres a limpiarlas porque no veo un cuerno. Estamos en plena noche, son casi las 4 de la mañana y Praz de Fort es un pequeño pueblo dormido; atravieso sus calles desiertas, en la plaza, me topo con un enorme erizo que está tranquilamente dando su paseo nocturno. Unos vecinos incansables están a la puerta de su casa con una hoguera donde nos calentamos, y ofreciendo amablemente té a los corredores; es una oferta irresistible y todos nos paramos a calentarnos un poco, un compañero se ha quedado dormido junto al calor de la hoguera. Sigo adelante, vuelvo a la oscuridad y miro al cielo; un firmamento totalmente despejado nos ofrece un espectacular manto de estrellas. Estoy contento de haber superado un momento tan difícil y de seguir vivo en la carrera; como hasta el propio Kilian afirma, este ultra-trail es más que una competición, y te deja momentos de gran significado emocional.

Alcanzo a los compañeros del equipo de Jarapalos, de Málaga, con los que había coincidido en la Fouly, e intercambiamos palabras de ánimo. Son cinco, y uno de ellos tiene problemas; al final, cuatro de ellos consiguieron acabar juntos, lo que tiene un mérito enorme. Tras atravesar otro núcleo de población (Issert), empieza la subida a Champex, y pasado el subidón de adrenalina, el sueño empieza a acosarme otra vez. Experimento algún episodio de esas famosas alucinaciones de la segunda noche por la falta de sueño; vamos subiendo por enmedio de un espeso y oscuro bosque y los juegos de luces y sombras del frontal, los árboles y el sueño hacen que confunda varias veces tocones y troncos con corredores tumbados junto al camino; hasta me paro a darles porrazos con los bastones para intentar salir del ensimismamiento. Intentad estar dos noches enteras seguidas sin dormir ni un minuto (yo nunca lo había hecho), a ver qué sentís.

Muy lejos de allí, algunos amigos tampoco dormían en aquellos momentos para continuar el seguimiento, calentando el Facebook y mi móvil toda la noche. Desde Sevilla, Abencio hacia cálculos y cálculos para tener mi situación de carrera controlada en todo momento y se ponía el despertador para volver a la carga tras tres o cuatro horas escasas de sueño. Desde Londres, Iñaki me llamaba de madrugada para desearme suerte antes de acostarse, y al rato me volvía a llamar para decirme que había decidido no dormir hasta el alba para acompañarme toda la noche desde la distancia pegado al ordenador. Son sólo dos ejemplos del impresionante apoyo y el cariño recibido: gasolina pura para las piernas y el espíritu en forma de motivación para seguir adelante e intentar dedicar a todos ellos la gesta.

Los cálculos de Abencio

Champex-Lac, uno de los avituallamientos principales del UTMB. Cifras y letras. Km. 124, 29 horas y media de carrera, 4:50 de la mañana, dos horas y 20 sobre el corte, vamos tío, vas bien, tienes tiempo de sobra. Soy consciente de que he pasado mi momento crítico de la carrera y empiezo a vislumbrar que, si no surge algún problema físico, quizás pueda ser capaz de acabarla echándole valor y capacidad de sufrimiento. A pesar del gran cansancio y el sueño, me encuentro sereno e infinitamente más entero que en La Fouly. Planifico mi descanso para comer comida caliente, sentarme un rato y estirar. Recibo una calurosa llamada de ánimo de mi amiga Berta desde Exeter, en Inglaterra; joder, es la leche, las horas que son y sigue habiendo gente pendiente… Entretanto, la dureza de la carrera sigue haciendo estragos; alguien de la organización grita en francés que los autobuses hacia Chamonix van a salir. Eso no es para ti socio, ya no, me digo, mientras empalmo un par de cafés solos y me dispongo a salir tras media hora escasa de descanso.

Salgo por las calles de Champex bordeando su lago y pronto me interno de nuevo en la oscuridad del bosque que nos lleva al largo descenso hacia Martigny. La densidad de corredores ha bajado notablemente, muchos han caído y ahora me veo completamente sólo durante largos ratos. Nos toca enfrentarnos al nuevo recorrido previsto en sustitución de la subida a Bovine, nadie sabe muy bien que es lo que tenemos por delante. En el avituallamiento de Champex, la organización intenta explicar el cambio, pero a nadie le queda muy claro. Hay un cartel que dice que tenemos 14 kms hasta Trient, cuando en realidad van a ser bastantes más de 20; todos los que estamos en este mundillo sabemos que cuando estás al límite unos pocos kilómetros de más son un mundo. Mientras tanto, empieza a clarear, el cielo está despejado y parece que va a hacer un día radiante; pienso, tío, ojalá en el futuro recuerdes este día como el día en el que cumpliste un sueño. La bajada es larguísima, son 1000metros de desnivel entre los casi 1500 metros de Champex y los 500 de Martigny, el punto más bajo de la carrera. Pasamos por el pueblo, que está en el fondo del valle, y volvemos a subir entre unos viñedos donde un par de chavales borrachos que han debido estar toda la noche de juerga nos ofrecen whisky y tabaco; comento la jugada con un compañero argentino: van pedísimoooos…. Describimos un extraño recorrido a media ladera y al rato bajamos para llegar a otro pueblo muy cercano al anterior en línea recta. Hay muchas dudas, nadie se aclara, todo el mundo pregunta y tiene los mismos pensamientos: ¿Dónde coño estamos? ¿Esto es Martigny o Trient? ¿Por qué cojones nos hacen dar esta vuelta absurda?. Todos tenemos la esperanza de que sea Trient, pero al llegar al avituallamiento nos dicen que aquello es Martigny, y que por donde pasamos antes era otro pueblo, Bovernier. Y encima, que ahora tenemos que subir al Col de la Forclaz antes de bajar a Trient. ¡Me cago en su….! Madre mía… dame fuerzas para aguantar… Cuando haces unos cálculos sobre tu carrera y ves lo equivocado que estás se te viene el mundo encima al ver que vas a tener que sufrir mucho más de lo que pensabas. Según mis cálculos la subida a la Forclaz será corta; pero al poco veo un cartel de senderismo que reza “Col de la Forclaz 2h05´”… de puta madre… Resignado, agacho la cabeza y empiezo a bastonear con fuerza para ir tirando de mi cuerpo hacia arriba. La subida a la Forclaz va por un camino que jalona la carretera que entre curvas de herradura va subiendo al puerto de montaña; los coches y los ciclistas nos animan con sus pitos y gritos. Hace calor, tengo que parar a quitarme abrigo, y me pongo la coraza de mi amigo Manolo Ortega. Pasa el tiempo y seguimos subiendo…un espectador me grita en inglés que me quedan diez minutos para llegar arriba. En ese momento me llama mi compañero pretoriano Javi quien consigue subirme la moral…hay un montón de pretorianos pendientes al otro lado… En lo alto del puerto hay un gran ambiente, con unas tiendas y restaurantes donde la gente desayuna tranquilamente al sol… con lo a gusto que estaría yo ahí ahora tomando una cerveza… hay también muchos animando, parece la etapa reina del Tour de Francia. Bajamos a Trient por un espeso bosque de abetos en el que la luz apenas llega al suelo; las ampollas me están jodiendo vivo y veo las estrellas cuando piso las enormes raíces.

Llego a Trient, son las 11 de una mañana preciosa, mi renta sobre el corte ha crecido hasta llegar a las 3 horas, lo que permite gestionar los descansos tranquilamente. Un italiano de la organización me pregunta si tengo algún problema; aparte de que me duele hasta en el carnet de identidad… le digo que tengo ampollas. Y va el tío y me dice que no me preocupe, que me vaya con él que me curan, pero que todavía queda la subida a Catogne y que me tendría que retirar… jajajaj…me tengo que reir, que me retire dice, en el km.150, después de 35 horas de carrera, por unas ampollas… ni loco, voy a intentar llegar aunque sea a cuatro patas…. Llego al avituallamiento, hay un grupo de españoles a la entrada que al ver mi dorsal me jalean calurosamente por mi nombre. El puesto está tranquilísimo, hay poquísimos corredores… la carrera ha hecho mucha pupa… pero para los que seguimos vivos, empieza a oler suavemente a meta… Los voluntarios nos animan y nos dicen que nos quedan “sólo” 25 kms a meta.

Queda la última subida importante, el último diente de sierra… Catogne. Aprieto los dientes…me duele todo, las ampollas me martirizan… pero miro a mi alrededor y otros van mucho peor. Comparto unos metros con un compañero español con el que también concidí en la subida a la Forclaz. Me dice que va con las rodillas destrozadas, pero que va a intentar llegar aunque sea a rastras… (al final lo consiguió, aunque empleó casi 3 horas más, debió sufrir un auténtico calvario). Yo lo paso bastante mal en la subida al último bicho, se hace eterna, tengo que parar varias veces y tomar gel para evitar el pajarón. Se trata de aguantar como sea hasta Vallorcine… ahí están los refuerzos. Al llegar arriba, salimos de la sombra de los árboles y el sol castiga de manera implacable. La coraza brilla bajo el sol de los Alpes pero noto que algo no va bien en mi cabeza, no consigo pensar con claridad, me da la impresión de que ya he pasado por ese lugar cuando eso es imposible… el sueño y el cansancio mezclados con el calor están formando un cóctel molotov tremendo en mi cabeza. El móvil echa humo y no para de sonar y sonar con llamadas y mensajes, pero no puedo cogerlo ahora, sólo quiero seguir avanzando. Paro un par de veces a remojarme la cabeza con el agua fresca de los arroyos de montaña y parece que me despejo un poco. Me acoplo a un par de yankis que me ofrecen coca-cola y bajamos juntos hacia Vallorcine, la bajada se hace larga, ya todo se hace largo. De repente, escucho un grito en castellano, “esa camiseta me suena”; levanto la cabeza y es Benito, que ha subido desde Vallorcine para acompañarme en la parte final de la bajada. Me dice que están todos abajo esperándome.

Por fin salimos del bosque y antes de llegar a Vallorcine atravesamos un bucólico prado donde la gente está retozando al sol mientras anima a los corredores. Allí están de nuevo mis padres con Rocío, José Luis y Diego con los suyos. Me reencuentro con ellos, con la diferencia de que ahora estamos mucho más cerca del final. Me abrazan con alegría como si esto ya estuviese casi hecho, y, efectivamente, mientras me repongo en el avituallamiento me voy dando cuenta de que ya no se me puede escapar. Me digo, ostias, tío, que puedes acabar el UTMB… uuuuffff!, me da un subidón moral tremendo y de repente todos los dolores y sufrimiento pasan a un segundo plano. Aún no me lo creo de verdad pero experimento un cambio radical, es increíble el poder de la mente humana sobre el cuerpo. Mi corazón y mi cabeza estuvieron montados en una auténtica montaña rusa durante las últimas horas, y mi cuerpo había viajado arrastrado detrás. Tengo margen de sobra sobre el corte, casi 3 horas, y me tomo mi tiempo para comer y curarme las ampollas una vez más, para así intentar afrontar el último tramo en las mejores condiciones posibles, así como para ponerme mi uniforme pretoriano. Pero aunque todos me dicen que me lo tome con tranquilidad, la psicosis por la presión de las barreras horarias ha sido tan fuerte durante la carrera que no puedo evitar mirar el reloj nerviosamente una y otra vez, y al final estoy deseando salir cuanto antes.

Reencuentro con Cayo en Vallorcine

Asistido por mi familia, Cayo y Diego en Vallorcine



Últimos kilómetros, Col des Montets
Todos me dicen que esto ya está hecho, que la próxima vez que nos veamos será en escasas horas por fin en la ansiada meta de Chamonix. Salgo muy repuesto, no tanto física como mentalmente, y me dispongo a afrontar los últimos 15 kms a tope de moral. Me voy convenciendo de que voy a cumplir el sueño, y quiero saborear esa sensación en este último tramo. El recorrido es favorable y va por un agradable sendero por el fondo del valle, ya no quedan grandes subidas, tan sólo un suave ascenso hasta el Col des Montets. La verdad es que en estas tres horas que me quedaban disfruto muchísimo, además el día es verdaderamente precioso, esa sensación de saber que vas a acabar me inunda, y mi corazón y mi mente pletóricos ocultan los dolores y sacan fuerzas de rincones desconocidos de mi maltrecho cuerpo. Algunos compañeros van muy mal, aparatosas vendas, cojeos, quejidos…, el tramo final se les hace un mundo, pero saben que van acabar y eso puede con cualquier dolor. Me lo tomo con tranquilidad y aprovecho para devolver múltiples llamadas, estoy eufórico, quiero compartir al menos con algunos de los que me han apoyado los últimos momentos de una experiencia inolvidable. Pasamos el último avituallamiento en Argentière, último pueblo unos 8 kms antes de Chamonix. Luego vi que cortaron a 15 compañeros en Vallorcine y 3 en Argentiere… sin comentarios…debe de ser una frustración increíble quedarse tan tan cerca de alcanzar la gloria. Tras Argentière el camino se alfombra de piedras y enormes raíces que hacen las delicias de mis ampollas, pero ya da igual. Afrontamos la subida final hasta el Petit Balcon Sud, ya casi con Chamonix a la vista, Dios… esto se está acabando… las ansias de llegar alargan los últimos kilómetros, pero sé qué ya sólo es cuestión de aguantar unos minutos más.


No me puedo resistir a poner una vez más el emocionante tema oficial del UTMB que me acompañó en esos últimos metros…
Entro en Chamonix corriendo muy suavemente para acabar como mandan las tradiciones pretorianas. Síiiiiiiii…. Dios… qué emoción… atravieso el puente y enfilo el río junto al polideportivo. La tarde es radiante y hay muchísima gente animando, muchos españoles al ver la bandera de mi dorsal me jalean a tope. Los corredores llegamos muy espaciados y podemos disfrutar de la gloria del momento para nosotros solos. Miro hacia adelante, y esa postal que cuelga en cada tienda de Chamonix y que tanto deseábamos ver aparece por fin frente a mis ojos. Allá arriba está el Monte Blanco en todo su esplendor, con sus nieves perpetuas y sus glaciares brillando al sol. Noto cómo se me forma un nudo en la garganta y se me humedecen los ojos mientras sigo avanzando entre aplausos del público. Un poco más adelante, para acompañarme en los últimos metros, están José Luis, Pruden y José María; nos abrazamos efusivamente y me dan la bandera y la coraza de Manolito Ortega para entrar con ella en meta. Unos pasos más allá, espera Chema, ay, Chema, me abrazo a él y le digo cómo le he echado de menos y cómo me hubiera gustado poder haber disfrutado juntos de esos momentos. Ahí está Rocío, “LO CONSEGUIMOS, lo conseguimos”, digo con la voz quebrada por la emoción mientras nos abrazamos. Los sentimientos me desbordan, y ya lloro como un niño chico mientras recorro los últimos metros por el centro de Chamonix subido en una nube entre gritos de mis compañeros y ánimos del público. Dios, qué momentos más increíbles, aún me emociono recordándolos… Levanto los brazos, miro al cielo de Los Alpes, y mi sueño se cumple mientras cruzo la línea de meta tras 41 horas y 57 minutos de lucha. Tomares vincit!! Tras ella me encuentro con mis padres con los que me fundo en un emocionadísimo abrazo, apenas puedo articular palabra… “lo conseguimos”. Evidentemente, la emotividad de esos instantes difícilmente se puede reflejar sobre un papel, y sólo los que han pasado por algo así saben lo que se siente. Pero era cierto, la emoción de los últimos metros del UTMB es indescriptible, y sin duda alguna, tan sólo por vivir esos momentos mágicos merece la pena todo lo que se pasa.


El vídeo de la entrada en meta que grabó Pedrito Maqueda (gracias).


Con la coraza de Manolo Ortega…también va por ti amigo…

Tengo muy claro que para mí siempre habrá un antes y un después del UTMB en mi vida deportiva. Esta increíble aventura me ha marcado a fuego y los momentos vividos me han dejado una profunda huella. Quedarán para siempre en mi memoria junto con todos aquellos que me acompañasteis y me ayudasteis de una o de otra manera a cumplir este sueño.


Muchas gracias a todos. FUERZA Y HONOR.

Un fuerte abrazo, Santi Martin.

2017-03-21T18:31:23+00:00 agosto 25th, 2015|Categories: 2011, Blog, Crónicas|0 Comments

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