UTSB 2015 – LA CRONICA DE PRUDEN BERROCAL

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Bandoleros 2015 -  (24)

En primer lugar quiero pediros perdón por haber enviado una crónica sobre Bandoleros al Club Maratón Badajoz, en lugar de enviarla primero a nuestro club. Fue un encargo de Chema, y no hice bien las cosas. Lo siento.

A lo que voy, que a la hora de hacer una crónica de mi participación en el IV Ultra Trail Sierras del Bandolero, http://www.utsb.es/, no sé muy bien como enfocarlo, no quisiera enrollarme mucho ni que sea una sucesión de lugares y tiempos de paso. Ya dije en la otra que no quería hacer varias crónicas más o menos resumidas, así que si sale larga, sale larga, y si alguien se cansa de leer, que lo deje.

Esta es una carrera por la Sierra de Grazalema y la Serranía de Ronda, de entre 148 y 151 km (aparecen estas dos distancias en la página de la organización), y 5.456 m de desnivel positivo acumulado, y otros tantos negativos. La carrera consiste en ir de Prado del Rey a Villaluenga del Rosario y de allí a Ronda, y volver por otro camino; al kilometraje y al desnivel hay que unirle que es un recorrido muy técnico, con mucha piedra, y hay muchos kilómetros en los que un corredor normal no puede –o no debe, si no quiere quedarse sin tobillos- correr.

Los de elite corren, pero esos no son corredores normales, son de elite.

A lo que voy, más de 550 inscritos, salida a las 6 de la tarde del viernes, mucho público vestido de bandolero, sintonía de Curro Jiménez a tope, mucha patilla, control rápido de material obligatorio –habría que ser imbécil para salir sin cortavientos, sin móvil o sin frontal con pilas de repuesto, pero el control debería ser más exhaustivo-, omeprazol y unos rezos, trabucazo, y a andar y correr por la sierra.

Me había olvidado, en 2013 también participé; la acortaron por lluvias torrenciales, que habían sepultado algunos cruces de arroyos bajo varios metros de agua, y estuvimos 130 km y 30h47’ andando y corriendo por un charco. Nunca he tenido una prestación deportiva tan buena como la que mi hermano Santi y yo dimos aquellos días.

Esta vez Santi no está, pero tengo claro que voy a hacer mi carrera, creo que puedo acabar la carrera en treinta y pocas horas, y con certeza sufriendo menos que si la hiciera en las 40 de tiempo máximo.

Salimos 8 pretorianos, Pedro Maqueda, Pablo y Antonio Carvajal, Pepe Roldán, Pepe el Bandolero, Andrés Rodríguez, Alonso y yo, y cuando acaben de trabajar el sábado, el Maki y Ortega vendrán a hacer parte de la carrera, como apoyo a los últimos. Pienso en ellos, y todos son gente muy dura, tíos muy fiables, fuertes, sacrificados y con unas cabezas muy bien amuebladas.

Los ocho llegamos casi juntos a El Bosque; todavía es de día, a mi altura están Alfredo y su equipo de Córdoba, Pedro Maqueda ha llegado antes que yo, vuelve para atrás a buscar a los otros pretos, pero pienso que él también irá a hacer su carrera, y algo más atrás vienen algunos otros participantes que no deben estar lejos de mí en esta carrera; vamos bien.

Ya empieza lo bueno, subida a los llanos del Campo, y después subida al puerto del Boyar, se hace de noche, frontales y a hacer grupo. Voy a mi paso, no paro en los primeros avituallamientos, como algo en el Boyar, PK 20, y a seguir.

En estas circunstancias –de noche, firme muy irregular, en grupo- prefiero ir el primero. Veo las irregularidades del terreno y marcho al ritmo que quiero; yendo detrás de otro tengo menos visión y no me siento tan seguro.

Sobre el veinte y algo, terreno quebrado, no muy peligroso, voy primero de un grupo de 10, concentrado, a lo mío, pero hay un momento en que pienso en las musarañas, piso mal y me caigo y ruedo, y mientras estoy rodando, temo golpearme la cabeza; la caída se salda con un golpe fuerte en la pierna izquierda, no limitante.

Por cierto, unos artistas mis acompañantes. Antes de levantarme, preguntaron como estaba y 8 salieron pitando; el otro, que iba de segundo, se queda conmigo y empieza a tirar de mí, vamos bien, seguimos avanzando, Fran y yo alcanzamos a otros corredores, y llegamos a la bajada a Villaluenga.

Curiosamente, de la edición de 2013 no recuerdo nada anterior a los llanos de Líbar, que están sobre el cuarenta y tantos, así que tampoco recuerdo nada de este descenso. Menos mal.

Este es un tramo muy peligroso, es tan peligroso que no se cae nadie. Estás bajando, ves Villaluenga ahí abajo, pero muy abajo, y estás tan avisado que empiezas a bajar por la vereda atento a las piedras, con pies de plomo y con todos los sentidos puestos en lo que estás haciendo.

Llegamos a Villaluenga, comemos algo, arriba con el puerto del Correo y entramos en los llanos de Líbar, con un vendaval de levante que nos entra por la derecha, ¡vamos!, paso firme, llevamos en torno a 40 kilómetros ya, trotando y corriendo pasamos el refugio y seguimos hacia Montejaque, el camino cambia de dirección, el viento empieza a volver locas a las veletas, y hay momentos en que vamos con los brazos abiertos para hacer bandera y aprovechar la ayuda del viento.

Pasamos la ermita de Montejaque, territorio cientounero por excelencia, vamos subiendo La Indiana, llegando a Ronda, y Ronda no es un sitio cualquiera para ninguno de nosotros. Subimos bien, vamos fuertes, refregón de Flogoprofen, más comida, más isotónico, más café, suelto la camiseta mojada y me pongo otra seca, callejeamos por Ronda, bajamos amaneciendo por la cuesta del cachondeo, nos cruzamos con la cola de la carrera y a por Benaoján, vengan toboganes.

Llega un momento en que Fran tira para adelante, y hace muy bien; tiene que llegar a buena hora, y me ha ayudado una barbaridad. Llego algo cascado al avituallamiento, y aparecen Pili, Carmen y el equipo de apoyo. Guardo el cortavientos y me unto crema hidratante en los pies, echo más porquerías al estómago por si no las hubiera comido en las últimas 15 horas, me traen queso fresco que me habría comido entero si no fuera por miedo a vomitar, Pili me da pastillas de sales y empiezo a trotar pegado al río hacia Jimera de Líbar.

Me he entretenido en el avituallamiento, voy solo pero sé que unos minutos antes han salido otros corredores, aunque me tienta el intentar alcanzarles, no debo cegarme. Habiendo ascendido más de la mitad del desnivel positivo total, llevo una media de 5.1 km/h, por encima de lo previsto, que debe bajar. Lo que tengo que hacer es intentar mantenerla, y ya caerán los que van por delante. Y si no caen, puestos que ganan. No compito contra nadie, compito contra mí; estoy compitiendo contra mi cuerpo y contra mi mente.

En Jimera me quito las mallas y me pongo el pantalón corto, pistas más anchas, empieza el calor y tengo que parar a quitarme capas de ropa. Manguitos, chaleco cortavientos y una camiseta, a la mochila, y me quedo con dos camisetas blancas, que reflejen el calor.

Llego a la estación de Cortes de la Frontera, 95 kilómetros ya, y nos quedan un par de ellos para el pueblo, todo cuesta arriba a la una y media del mediodía. Calor del sol y calor reflejado por la piedra; casi arriba hay una fuente, me mojo las muñecas, la cara, la nuca, empapo el buff y sigo hasta el pueblo.

El avituallamiento está en una planta baja, fresquito, y llevo los pies como dos planchas, así que me descalzo, a ver si enfrío los pies. Hasta el momento sin problemas, muy bien los pies, buenas zapatillas.

Noto que me estoy quedando frío, y salgo a la calle, al sol. Demasiado tarde, estoy tiritando de frío, los dientes castañeteando. No pasa nada, el cuerpo es así, en cuanto el sol seque el sudor y me caliente, debo volver a estar bien. Además, en estas carreras hay tiempo para morir y resucitar, y ahí esta la clave del asunto, en conocerse y tener la experiencia suficiente para mantener la calma.

Llevamos ascendidos 4.000 m., y con el cuestón, puerto de la Blanquilla, que hay antes de los llanos debemos irnos a 4.500, sólo quedarán por ascender 1.000 m. El problema es que hace mucho calor, se sudan cubos, la orina ya no es todo lo clara que debería ser, y es porque me he descuidado con las sales, noto amagos de calambres en la subida, y es lo peor que me puede pasar.

Estos calambres me dan miedo, hay algunos tramos en los que podría trotar, pero prefiero no hacerlo, quiero conservar las piernas para llegar a Villaluenga en buenas condiciones. Será el 111, unos 40 para meta; eso es una maratón y es una distancia que está controlada.

Paso los llanos, bajamos el puerto del Correo y llegando a Villaluenga está Sandra, me ofrece algo del coche, le pido queso fresco que no tiene, pero me ofrece arroz con leche. Le digo que no, pero finalmente lo acepto y me lo aprieto como un señor.

Menos mal que lo cogí, ya estaba harto de bocatas, frutos secos, gominolas y demás. Son demasiadas horas ingiriendo demasiadas cosas distintas y el segundo omeprazol me lo tomé hace varias horas.

Salimos de Villaluenga, y nos cruzamos con los participantes de la corta, 73 km de nada, ahora tenemos 4 y pico de subida y 6 y pico de bajada hasta Grazalema, y no sé que es peor, si la subida o la bajada, que es a base de toboganes y mucha piedra. Además, es un tramo muy técnico, está anocheciendo, y más adelante nos pasan los de la corta; ellos van con 80 kilómetros menos y parecen cohetes a nuestro lado. Es una situación algo compleja, Grazalema se hace lejana, pero hay que pensar en que está ahí, no se ha evaporado.

Entro en el pueblo, como más porquerías, intento infructuosamente ir al baño, recojo los trastos, y al ataque. Ya no queda nada, ahora subir al Boyar, bajar a Benamahoma, seguir el río hasta El Bosque y después caminos anchos y en buen estado hasta meta. 30 kilómetros de nada, así que la carrera no tiene 150, tiene más. Lo sospeché desde un principio.

Subo bien al Boyar por una buena vereda, pero la bajada es un rollo; el frontal empieza a darme problemas y no veo bien: debió apretarse el botón de encendido, y se ha merendado las pilas, así que saco el frontal de repuesto, me doy cuenta de que le había pasado lo mismo, pero le pongo unas pilas nuevas y a seguir. La bajada está muy quebrada, es muy irregular y ni trotar ni andar en condiciones, pero se hace y punto. Hay que sumar y avanzar. Me dicen que Pedro debe ir 25’ detrás de mí, me ofrezco a esperarlo en Benamahoma, pero al parecer va más atrás, y me dicen que no debo enfriarme esperándolo una hora. Además, apenas ha comido en Grazalema, y va a parar a comer, o cenar o lo que sea, en el Boyar.

Por fin llego al pueblo, lo atravieso entero y llego al colegio, a la orilla del río. Apenas como nada, el estómago ya no admite más porquerías, sólo un poco de jamón cocido y queso, ya no puedo con el pan. En 2013 habían arrancado las cintas de este tramo, pero me confirman que están puestas, así que me pongo en marcha. Casi siempre es mejor ir acompañado en estos tramos de noche, pero los de la corta van más rápido, y no es fácil encontrar a alguien que vaya al mismo ritmo, de modo que hago este tramo solo, me tomo otro omeprazol, más crema hidratante, ficho en El Bosque sin comer nada, y sigo.

La media ya ha bajado; es casi imposible no perder la concentración con el paso de las horas, e inevitable parar en los avituallamientos más tiempo de lo previsto. Además, mis cuentas eran sobre 148 km y hay algunos más y más desnivel; en cualquier caso, van a ser treinta y tres horas y poco.

Paso un tramo junto al río y llego a una pista que pica para arriba, ancha y larga, en muy buen estado, casi sin árboles que tapen, y hay luna casi llena, de modo que apago el frontal: voy concentrado, veo suficientemente bien, no tengo ganas de parar otra vez a cambiar las pilas, y, por alguna razón pienso que si no hay contrastes de luz, es menos probable que tenga alucinaciones; la segunda noche no ha hecho más que empezar y no debería tenerlas, pero prefiero no ver –o creer ver- personas ni objetos inexistentes.

Noto que tengo hambre, no quiero apajararme pero no quiero arriesgarme a ingerir barritas ni geles, vomitar y liarla, de modo que pruebo a comer unos higos y un orejón. El orejón entra, pero los higos sólo puedo masticarlos, buchear agua para diluir los azúcares, tragar el agua y escupir la pulpa; funciona, acabo de subir la pista y sé que ya estoy cerca de meta.

A estas alturas, formamos una extraña legión, a veces te adelanta alguien, otras veces es al revés, y en un momento dado alguien me dice que lleva el track y que faltan 5 kilómetros. Más o menos era la idea que tenía, ya llevaba un montón de kilómetros pensando en unos 153, y realmente falta una hora, así que seguimos andando a buen paso, en un cambio de rasante del camino veo las luces del pueblo a lo lejos, cruzo la carretera y voy trotando en las cuestas abajo, guardando para poder afrontar con dignidad la última cuesta, un medio kilómetro en hormigón, rizado para que los coches se agarren mejor, que se las trae.

Subo la cuesta a capón, fuerte, me fijo metas en otros que van delante, voy muy bien, y en la última esquina me esperan Pili y su equipo de apoyo, que me acompañan grabando hasta la meta. Además la recta de meta es en una cuesta abajo, así que uno entra corriendo hasta el final, y parece bueno y todo.

Publicadas las clasificaciones, he acabado el 138 de la general, en 33h22’. El puesto es lo que menos me importa, y el tiempo tampoco gran cosa. Ambos son circunstancias muy variables en función de la participación, de cambios de recorrido y de la meteorología; esto no es una prueba de asfalto que no cambia con los años.

La cuestión es que he acabado la prueba, no me ha pasado nada, no he sufrido en exceso, no tengo dolores musculares ni articulares, y aparte del lógico cansancio (devastación, más que cansancio) estoy razonablemente bien.

Lo que más me importa es que, de los ocho pretorianos que salimos, siete acabamos la prueba, y si Pepe no lo hizo fue porque se sacrificó por un compañero, tirando de él y esperándolo, entregando su carrera. El ejemplo dado en la llegada a meta de los cinco es espectacular, llegando dos tíos a meta en algo menos de 40 horas, plantándose allí y diciendo que los otros tres van a tardar 10 minutos más, fuera del control oficial, pero que si no es con ellos, no tienen intención de entrar en meta, es brutal, brutal. https://www.youtube.com/watch?v=3Bh1GJdbQnY

Habrá quienes digan que estamos locos, o que esto no es una carrera porque se hacen muchos tramos andando, o que vaya palizón para llegar en el puesto no sé cuantos… allá cada uno, el caso es que me gusta.

Material:
Zapatillas: Adidas supernova Riot 6.
Mallas largas Raidlight (mejor) y Salomon.
Pantalón corto: Inov 210.
Camisetas: Raidlight y Hoko (térmica, para la primera noche).
Calcetines, camiseta de manga corta y cortavientos: Tuga, los oficiales del club.
Bastones: Telescópicos, uno Leki y el otro Altus (el otro Leki cayó hace unos meses). Totalmente desaconsejados los plegables para esta prueba.
Mochila: Raidlight Olmo Ultralight 12 l. Como un guante.
Frontal: Led Lenser 5 y Led Lenser 7.2
Pastillaje y drogas legales: Omeprazol, sales de 226ers, paracetamol y crema hidratante del Mercadona.

No puedo dejar de dar las gracias a mis compañeros, tanto a los que estuvieron participando como a los que estuvieron pendientes, a quienes estuvieron apoyándonos sobre el terreno y a quienes nos estuvieron apoyando delante del teclado, Arancha y los niños, Santi y Javi, que me llamaron varias veces… fantástico, muchas gracias.

Finalmente, estos párrafos los puse en la otra crónica, y aunque creo que en nuestro caso no debería hacer falta ponerlos, prefiero dejarlos:

A ver cómo explico lo que quiero decir sin que nadie se ofenda: No soy mejor corredor que nadie, pero algunos domingos sí que he echado andando y corriendo por la sierra, así que me voy a permitir aconsejar a los valientes, que alguno habrá, que antes de meterse en un lío de estos vaya haciendo el cuerpo, y sobre todo la mente, a un palizón de este calibre.

Esto no es Doñana, ni Mérida, ni Sao Mamede. Es una carrera brutal, muy dura, en la que el finalista medio, más que ser muy ligero, o ágil como una cabra, tiene que conocerse a sí mismo y ser un martillo pilón, perseverante y consciente de que probablemente se sentirá morir y resucitar varias veces.

El dolor es transitorio, la gloria es eterna.
Pretoriano Pruden (Proconsul Lusitanus)

2017-03-21T18:31:24+00:00 marzo 17th, 2015|Categories: 2015, Blog, Crónicas|1 Comment

One Comment

  1. Scheilor 17 marzo, 2015 at 7:05 pm

    Tan buen narrador como corredor.
    He llegado asfixiado al final de la narración.

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